Fuentes de evidencia para un acercamiento a la enfermedad en el antiguo Egipto

Manuel Juaneda-Magdalena Gabelas – Octubre de 2007

Para obtener un cierto grado de conocimiento de la enfermedad en el Egipto faraónico el estudioso puede hacerlo mediante las tres fuentes más importantes, por no decir las únicas disponibles: con la documental, que proporciona una lectura e interpretación de los escritos que nos han sido legados en diferentes épocas; con el legado iconográfico, a través de la interpretación de las pinturas, grabados murales, relieves y esculturas que nos legó la cultura egipcia; y finalmente a través de los datos aportados por los restos biológicos tocados por los estigmas que la enfermedad imprimió en los restos cadavéricos[1].

¿Pero son las tres vías de investigación referencias solventes para llegar a conclusiones dignas y fiables? ¿Estará el estudioso, imbuido en el prejuicio deformante de su ciencia contemporánea, capacitado para comprender cómo el médico egipcio interpretaba la enfermedad? Por consiguiente, ¿era entendida la enfermedad antigua de igual manera que lo es para el hombre contemporáneo? ¿Puede el sabio moderno identificar con corrección los síntomas y signos de la enfermedad en la antigüedad en los modernos grupos sindrómicos? Y ¿Hasta que punto es lícito hacerlo así? ¿Hasta que grado se deforma y se malinterpreta la realidad del sabio egipcio cuándo se intenta muchas veces con excesivo celo escudriñar aspectos de la enfermedad que nunca llegaremos a comprender? ¿La expresión iconográfica ha de ser mirada e interpretada como una fuente segura, o existen factores distorsionantes antagónicos? Cómo se puede comprobar son demasiadas las preguntas y las respuestas por consiguiente no son ni mucho menos satisfactorias.

Para llegar a una aproximación válida a una cuestión tan importante, es preceptivo abordar los pilares más sólidos de la información que han llegado hasta el hombre moderno, e intentar más tarde, dar respuesta a los interrogantes expuestos y a los que se vayan sucediendo.

I. Fuentes documentales

De la importancia de la literatura médica antigua se colige como una sociedad vivía la enfermedad y cómo y con qué medios la afrontaba. Posiblemente los profesionales médicos de la salud tendrían un buen surtido de documentación pero desafortunadamente muy pocos ejemplares nos ha legado el azar de la historia y la amenaza del tiempo[2].

Gracias a estas referencias el médico en Egipto pudo soltarse en cierta medida, para disfrute del hombre moderno, del límite de lo mágico y de lo religioso[3], haciendo reflexiones en su día consideradas como adelantadas en la descripción de los síntomas y de las dolencias.

Los papiros médicos se componen de entrecortadas y confusas recetas y de descripciones de síntomas supuestamente conocidos sólo en el ánimo del autor[4], mas sin embargo, causan desesperanza en el ánimo del investigador moderno; y esto es así, porque el lenguaje es a menudo ambivalente y oscuro. Pero también como contrapartida es rico en metáforas que serían del gusto del profesional al que irían destinados. No obstante, provoca cierta desazón en el actual. Aun conociendo estas cuestiones no se puede excluir a los papiros médicos como fuente de información porque a pesar de ello su aportación es muy importante[5]. Así pues, en medio de este caos hay momentos en los que el orden y la sistemática se recomponen pero no es la norma en tanto que es tan sólo un breve espejismo.

Y aunque son muy útiles han de abordarse con debida precaución[6]. Y esto es así porque las enfermedades y los agentes patógenos son especialmente irreconocibles en muchos de sus relatos ya no sólo para el ignorante en temas médicos. Los síntomas que para el estudioso moderno son de capital importancia no lo son tanto para el antiguo y viceversa por lo que suelen omitirse en los escritos antiguos; pero también suele ocurrir lo contrario. Al mismo tiempo la terminología es muchas veces desconocida, es necesario insistir sobre el particular, cuando se refiere a determinados agentes de la enfermedad y a los remedios[7]. De esta manera es muy difícil entresacar la identidad de las enfermedades porque éstas constan de una serie de síntomas que suelen ser los que las definen.

Para dar mayor apoyo a esta introducción se intentará aportar una serie de ejemplos sobre descripciones de dolencias de índole interno mostrando aquellos casos en los que la claridad parece evidente con aquellos en los que reina la confusión descriptiva o terminológica y se prestan a una fuerte ambivalencia de significados. El recetario tampoco se escapa desgraciadamente a esta situación; cuestión a la que también se aludirá con otros ejemplos similares. A pesar de ello, la mayoría de los autores consultados tienden a interpretar, y se esfuerzan en hacerlo con denuedo y tozudez, en encontrar una explicación fisiopatológica moderna a las “dolencias egipcias” cuando tal vez lo más conveniente sería sumergirse, o intentarlo al menos, en la introspección de su propia realidad física bien envuelta en el mito y en la creencia religiosa. He aquí un caso elegido al azar en el que la mayoría de los autores no albergan dudas.

En el papiro de Ebers 191 (194) se describe lo que en principio hoy se diagnosticaría como un “angor pectoris”: Si procedes al examen de un hombre aquejado en la entrada del interior-ib; y está quejoso en el brazo, en el pecho, y sobre el lado de la entrada del interior-ib; se dice: ¡Es la (enfermedad) verde!

Es (alguna cosa) que ha entrado en la boca, es un muerto que le recorre…” A continuación se prescribe un tratamiento a base de plantas y continúa… “Deberás colocar la mano encima de él, (manteniéndola) extendida hasta que el brazo vaya bien, cuando el dolor desaparezca deberás decir: Este dolor ha descendido a los intestinos hasta el ano y está fuera de duda que yo renuevo el tratamiento.”

Aparte de las consideraciones anatómicas y topográficas que atañen el vocablo “ib” y su posible doble significado que Bardinet se complace en comentar (1995)[8], la alusión a un posible cuadro anginoso (la gravedad de la descripción en principio lo explicaría) que para algunos es más que plausible[9], no lo parece, porque si bien algunos cuadros isquémicos cardiacos pueden acompañarse de sintomatología digestiva, no siempre es la norma y en el descrito si lo es. El hecho de que el causante sea un agente externo (“un muerto”; o la misma definición de la dolencia “la enfermedad verde”) que penetra en el cuerpo por vía oral, no es intrigante en si mismo porque sólo es una explicación mágica muy en la línea con el pensamiento egipcio, de un mal del que no se encuentra una causa racional. Lo deseable para aquél y lo pintoresco para nuestro entendimiento es el hecho de que el mal se elimine por la vía digestiva a lo que favorecería indudablemente el tratamiento del herbolario.

Con frecuencia el mal no se especifica, es vago y genérico, simplemente es un “mal”; porque el copista del párrafo no encontró la causa a pesar de su interés o simplemente porque algún compañero negligente transmitió el error heredado en una copia defectuosa anterior. Otras veces lo identifica un término misterioso en el que todavía los expertos no se han puesto de acuerdo sobre su significado al que se le considera finalmente como una entidad patógena.

“Remedio para echar a los Ujedu…” (Berlín 187)

“Remedio para echar a la sustancia-shepen que se encuentra en la orina…” (Berlín 183)

“Descripción (médica) concerniente a una mujer que prefiere permanecer acostada. No se levanta porque cuando lo hace, (¿tiembla?) (…) Son las sustancias uterinas (llamadas) Ammu…” (Kahun 11)

“(…) Son las sustancias uterinas llamadas Jaâu…” (Kahun 3)

No es necesario acudir a los casos más controvertidos de la literatura médica egipcia para observar como los más cercanos a nuestro entendimiento presentan dudas razonables. En este caso que a continuación se expone, es la clínica que predominando sobre el nombre, define la enfermedad en si misma. Una afirmación en absoluto nada infrecuente en la descripción de la enfermedad. En el caso número dos de Kahun que entiende de problemas ginecológicos se dice. Posteriormente viene el nombre de la sustancia que identifica la enfermedad:

“Descripción (médica) concerniente a una mujer cuyo útero es doloroso durante la marcha. Tú preguntarás por este motivo: ¿Qué olor sientes? Si ella te dice: siento el olor de la carne dirás al respecto: son las sustancias uterinas (llamadas) Nemsu…” (Kahun 2).[10]

Es costumbre etiquetar este famoso párrafo de entre las primeras descripciones conocidas del cáncer de útero en la historia de la medicina. Es bien cierto que uno de los signos cardinales en la clínica tradicional de cáncer de cuello de útero es un síntoma (olor a carne asada, muy desagradable por cierto) y un signo (la observación de un flujo achocolatado); ambos son observaciones que se corresponden, es cierto, con un cáncer de cérvix uterino en estadio avanzado. Pero no es menos cierto que hay otras patologías la mayoría de origen infeccioso (venéreo o no) que participan también de la misma clínica.

En el asunto farmacológico las dudas no son menores. En el arsenal terapéutico, de remedios puramente medicinales se topa uno con un tremendo inconveniente que hoy en día se podría decir sin ánimo derrotista como insalvable e irresoluble. La farmacopea egipcia incluye cientos de artículos, o mejor cabe decir, productos “farmacológicos” intraducibles. Indescifrables, porque se cobijan bajo la sospecha de expresiones de índole popular como ocurre en el herbolario de plantas medicinales tradicional[11]. Póngase un ejemplo:

“Otro remedio (…): planta-netjer: 1; resina de terebinto: 1; resina-hedju: 1. Será cocido, y puesto bajo la forma de un ungüento. Curar con eso.” (Eb. 434)

II. El legado iconográfico

Dudas razonables ante la interpretación de las imágenes como fuente de evidencia de la enfermedad.

La iconografía egipcia en toda su amplia y variada capacidad de expresión, y de modo global, presta una ayuda muy estimable en la representación de la enfermedad y de la malformación somática. Pero cómo se verá la realidad no es tampoco una verdad absoluta. Y es tanto así porque en la retratísca egipcia en referencia al hombre existen pocos ejemplos donde la patología sea verídica o bien esclarecida. Porque se desconoce la intención o el grado de habilidad del artesano en el momento de representar la expresión o el gesto corporal. Por lo que las interpretaciones de las descripciones iconográficas de la dolencia resultan escasamente fiables. De la observación y estudio de la iconografía el médico contemporáneo se ve incapaz de definir la patología. Siendo muy fácil y tentador acudir a retratos en los que cualquier profesional de la medicina poco informado en la civilización y en el simbolismo egiptológico se encontraría a placer en un campo ricamente abonado a la fantasía de lo pseudopatológico. Como se viene diciendo, el arte egipcio aunque es una de las fuentes de información más sobresalientes; no obstante, algunas veces, ciertas interpretaciones de las descripciones gráficas de la dolencia resultan poco dignas de fiabilidad[12],[13]. De la observación y estudio de las mismas, el médico contemporáneo se ve incapaz de definir la patología por la incapacidad del autor en el momento de representar la expresión o el gesto corporal. Si se siguiera por estos derroteros sería fácil caer en etiquetas de poca validez, siempre y cuando no se disponga de las evidencias patológicas comparativas en las que el retratado en una tumba de su propiedad coincida con el resto cadavérico aparecido en ella. Una feliz circunstancia desgraciadamente poco frecuente pero posible y feliz cuando sucede como se verá más adelante (Fig. 1).

Fig. 1. Es lo mismo que si se diagnosticara una patología mamaria con la simple observación de esta imagen. Obsérvese la coloración enrojecida de la mama de Isis; puede ser una licencia del artista que recuerda las Mastitis puerperales que seguramente sufrió la diosa durante la lactancia del pequeño Horus. Museo de Dublín. (Egyptian Treasures in Europe, vol. 3, CCER, Utrecht, 2000).

Fig. 1. Es lo mismo que si se diagnosticara una patología mamaria con la simple observación de esta imagen. Obsérvese la coloración enrojecida de la mama de Isis; puede ser una licencia del artista que recuerda las Mastitis puerperales que seguramente sufrió la diosa durante la lactancia del pequeño Horus. Museo de Dublín. (Egyptian Treasures in Europe, vol. 3, CCER, Utrecht, 2000).

Sería conveniente por el contrario reafirmarnos en aquellos casos donde lo verosímil es la norma y después echaremos a volar la imaginación con un sentido crítico donde otros han encontrado unas más que dudosas y aun más inverosímiles imágenes de la enfermedad. Póngase como ejemplo uno que no se presta en principio a dudas interpretativas.

La desproporción somática y sus variantes son fielmente retratadas en la iconografía egipcia.

El enanismo es un tema presente y recurrente en el antiguo Egipto. En nuestra época algunos tratados y autores se han interesado por su estudio introduciéndose a su través en el atractivo mundo del arte y de la literatura.

Del Antiguo Egipto no disponemos de testimonios literarios médicos que nos comenten sobre el enanismo como enfermedad y ya no digamos del aspecto concreto que fundamenta este trabajo. En el caso contrario sucede en la literatura nacida de la historia o del relato o la biografía personal. En el archiconocido episodio de la expedición de Herjuf, el príncipe de Elefantina que dirigió una expedición al país del Yam durante el reinado del entonces faraón-niño de la VI dinastía Pepi II, se alude al hallazgo de un personaje de pequeña estatura. El monarca ilusionado por el extraordinario encuentro, y ávido por conocerlo y tenerlo ante su presencia a la mayor premura posible, escribe al nomarca una misiva que se puede admirar en la fachada de su tumba en el actual Qubet el Hawa en la orilla occidental de la moderna ciudad de Asuán[14]:
(…)Dices en esta tu carta que has traído todo tipo de productos grandes y buenos, que Hathor, señora de Imau, ha dado para el Ka de Neferkaré que vive para siempre. Has dicho que(también) en esta tu carta que has traído un pigmeo para las danzas del dios del país de los Habitantes del Horizonte, igual al pigmeo que el canciller del dios Baurdjed trajo (del país) del Punt en tiempos del (rey) Isesi…[15]

Ciertamente el relato confiere un hecho diferencial en tanto que existían y se reconocían a sujetos de pequeña estatura en el contexto de un enanismo étnico, propio, y diferente del prototipo egipcio más representativo y estadísticamente más frecuente. Interesaría ver si esta afirmación se sustenta sobre representaciones auténticas o es un simple y solitario hallazgo literario. Tal parece con sólo ver las imágenes de los enanos bailarines del Cairo, en grupo, mostrando su desnudez genital y como única indumentaria unas bandas y unos collares sobre el tórax. Pero es muchísimo más interesante constatar si se describía en la iconografía del enano, en la actualidad una patología, morfológicamente bien diferentes del modelo étnico, como una alteración o simplemente una variante. Pero eso sí, estadísticamente infrecuente en relación con el común de la población egipcia; y si además eran capaces de diferenciarlos de otros individuos de similares características somáticas. Sin duda alguna el arquetipo más interesante es el que se describe en el grupo de los acondroplásicos, pero también hay subgrupos no menos interesantes que se ven retratados con rasgos diferenciales y perceptibles. Y es aquí donde reside el punto de máximo interés, cuando el atractivo es mayor. Al lado del perfil acondroplásico definido de la cabeza y el rostro, así como del tórax y de la brevedad y encorvamiento de las piernas, no es extraordinario ver a personajes con caras absolutamente normales sobre cuerpos y miembros típicos de estos individuos. ¿Se están mostrando otras variantes de la enfermedad? La respuesta pues no tiene otro sentido que el afirmativo por cuanto se sustenta en la observación de los ejemplos que el futuro nos ha legado.

Sin embargo es en las representaciones de tumbas del Imperio Antiguo donde los hallazgos se hacen más cuantiosos y notables. En los cementerios de Guiza y Saqqara[16] muchas tumbas sobresalen por representar a enanos en quehaceres variopintos como al cuidado de animales (capilla funeraria de Inti en Abusir), llevando útiles de aseo, o fabricando joyas o en labores de sastrería (tumbas de Mereruka, de Mereri). Ocupaciones delicadas en los que la habilidad implica un grado de mayor exigencia que la fuerza física, suponiéndose en estos casos más débil, y para mayor mérito de quienes tienen el inconveniente de una mano en principio inapropiada para el dominio de estos oficios. No obstante esta afirmación se contradice en el marinero tal vez un timonel y en la mujer que porta una abultada carga sobre la cabeza, ambos en la tumba de Inti (Deshasha). La totalidad de estas figuras, o al menos la mayoría, conforman el modelo conocido de los cambios faciales correspondientes típicos (frente prominente, nariz en silla de montar, hiperlordosis lumbar, etc.) de la acondroplasia[17],[18]. Las imágenes de los individuos que presentan este tipo de enanismo se presentan con una fidelidad muy precisa que permite diferenciarlos de otros tipos.

Habría mucho que decir y tampoco se faltaría a la verdad si se dijera habiendo pruebas y constancia sobrada, que el pueblo egipcio fue muy considerado y respetuoso con estos individuos. En este sentido en el préstamo que de estas formas de enanismo se hizo para la representación de algunas deidades importantes, muy a tener en cuenta, se basa esta afirmación[19].

El alto funcionario Seneb (51.281; Junker, 1927) del grupo escultórico familiar exhibido en el Museo de El Cairo es el ejemplo más conocido y destacable de todos. Pero es el mismo Seneb lo que más nos interesa sobre todo desde el punto de vista anatómico. Desde este estudio no se puede concluir que Seneb fuera realmente un acondroplásico puro[20]. La clave está en que es un enano sin duda alguna pero con una cabeza y un rostro absolutamente normales. Sin embargo en los miembros sigue existiendo la desproporción que es propia y que tiene en común con el enanismo acondroplásico. Un disarmónico al fin y al cabo de rostro normal[21]. En las paredes de su tumba el dibujante encargado de su representación apenas acusa la diferencia de estatura con la de sus sirvientes y personajes de su entorno, y aunque no lo rebaja en demasía si se aprecia la cortedad de los miembros inferiores y la encorvadura de los mismos. La finalidad es la de no violar el respeto jerárquico convenido en el arte egipcio; al respecto, en ocasiones se utiliza el artificio del asiento a modo de compensación[22].

Pero no es un caso único. En el Oriental Institute de Chicago hay un músico tañendo un arpa, cuyo tamaño, contrasta con la cortedad de sus piernas (Fig. 2). Otro ejemplo ilustrativo se encontró en Guiza al norte de la tumba de Seneb; el personaje también de alto rango como éste acusa idéntica fisonomía: un rostro y cabeza normal sobre el cuerpo de un enano[23]. Junker hace acopio de dibujos de individuos (traídos al papel de tumbas de Guiza del Reino antiguo) de piernas cortas en los que la cabeza y el cuerpo son normalmente proporcionados junto a alguno que apunta claramente con una diferenciada morfología condrodisplásica[24].

Fig. 2. Un cuerpo y una cabeza de adulto sustentados por unas piernas infantiles (dinastía V). Se trata en realidad de una variedad de enanismo acondroplásico. Es una descripción que recuerda a la de los textos aristotélicos. Oriental Institute Chicago.

Fig. 2. Un cuerpo y una cabeza de adulto sustentados por unas piernas infantiles (dinastía V). Se trata en realidad de una variedad de enanismo acondroplásico. Es una descripción que recuerda a la de los textos aristotélicos. Oriental Institute Chicago.

El paradigma ideal donde la representación iconográfica se corresponde mutuamente con el dichoso hallazgo de los restos humanos[25], se da en la historia de la tumba de los dos “hermanos” de la XII dinastía descubierta en 1907 en la localidad de Rifeh (Alto Egipto). Las dudas sobre el parentesco son evidentes por los estudios antropológicos de entonces (Murray, 1908) y que siguen vigentes en los recientes (David, 2000 “Conversations with mummies”)[26]. Del aspecto morfológico y del estudio comparativo de ambos con la iconografía hallada en el ajuar funerario se observó que había una gran semejanza entre los cuerpos y las figuras[27] (Fig. 3).

Fig. 3.- Los esqueletos de los dos hermanos son  suponen el ejemplo ideal; la correlación entre el icono y los restos (David R, Conversations  with Mummies, 2000) humanos. (Manchester)

Fig. 3. Los esqueletos de los dos hermanos son el ejemplo ideal; la correlación entre el icono y los restos humanos. Museo de Manchester (R. David, Conversations with Mummies, Morrow, 2000).

Aunque sea dicho de paso y a modo de paréntesis, admira constatar como el arte representa el tratamiento de las lesiones acontecidas durante la actividad laboral desde una lesión ocular hasta una luxación de un hombro como se muestra en la fábrica de un mueble funerario en la tumba de un tal Ipuy[28] que vivió en tiempos de Ramsés II.

Enfermedades en las que existe cierto grado de evidencia con las representaciones iconográficas.

La tuberculosis es una enfermedad de milenaria evidencia en la historia egipcia antes de que las dinastías faraónicas dirigieran el país. El arte, aunque con toda discreción hay que decirlo, enseña algunos ejemplos que se semejan con las formas avanzadas de localización ósea de la dolencia estudiadas en la medicina moderna. Con alguna aproximación se enumeran algunos ejemplos de datación muy antigua (predinástica) confeccionados en arcilla en los que se han querido ver estigmas de la enfermedad[29]. La columna acusadamente angulada de estos ejemplares hasta lo inverosímil recuerda el Mal de Pott, nombre con el que se conoce en la moderna medicina esta forma de afectación tísica de la columna. En el Museo Petrie (Londres) se conserva un ejemplar esqueletizado en posición fetal, pero una vez más, esta interpretación se contradice con la posibilidad de que fuera una adopción postural funeraria típica de la época[30]. La figura del jardinero de la tumba antes referida de Ipuy (Deir el Medina)[31] se encuentra entre uno de los casos típicos que han permitido a los médicos emitir un diagnóstico plausible. Ante la visión de la gran giba o joroba del hombre algunos expertos lo han etiquetado como portador de la enfermedad, la cual de ser cierto, no le impedía el duro ejercicio de jalar del shaduf además de otras labores indudablemente exigentes para una enfermedad tan invalidante[32] (Fig. 4).

Fig. 4. Imagen que recuerda al afectado por una tuberculosis vertebral (Pott). Museo de Bruselas (Egyptian Treasures in Europe, vol. 2, CCER, Utrecht, 2000).

Fig. 4. Imagen que recuerda al afectado por una tuberculosis vertebral (Pott). Museo de Bruselas (Egyptian Treasures in Europe, vol. 2, CCER, Utrecht, 2000).

La obesidad es fielmente es representada en la iconografía egipcia sin remilgos y sin que quepan confusas o ambivalentes interpretaciones. No parece porque no hay certidumbre de que los trastornos nutricionales como la obesidad se concibieran como una anomalía, sino más bien como fiel trasunto de un estado social prestigioso y de una dignidad encumbrada que merecerían perpetuarse[33] (Fig. 5). Qué decir sino del famoso arquitecto y constructor de la pirámide de Keops, Hemiunu, o la de los arpistas invidentes. Al músico se le representaba, cómo ya ha sido mencionado, como un ciego pero también obeso. Sin duda, la merma del sentido de la visión desarrollaría como es bien reconocido la audición y el ritmo musical, mas también, el sedentarismo de la profesión añadido a la ceguera harían otro tanto. Tal vez sea ésta la razón de por qué los “Cantos del Arpista” paradigma del escepticismo ante la vida que se escapa, lo sean también del hedonismo y quizá del buen vivir y de la glotonería según parte de los contenidos que expresan:
“(…) ¡Qué bien establecido estás en tu lugar de eternidad, en tu tumba de eternidad! Está llena de ofrendas de alimentos contiene todas las cosas buenas…”[34]

Fig. 5. En esta imagen de la Mastaba de Idu (Guiza) el difunto asoma el busto enseñando una obesidad con la que muestra un estatus social encumbrado, o simplemente la ginecomastia de la madurez. (Foto del autor).

Fig. 5. En esta imagen de la Mastaba de Idu (Guiza) el difunto asoma el busto enseñando una obesidad con la que muestra un estatus social encumbrado, o simplemente la ginecomastia de la madurez. (Foto del autor).

En el templo de la reina Hatshepsut (Deir el Bahari) se describe la expedición comercial que la reina enviara al país del Punt; los expedicionarios son recibidos por los reyes del mítico territorio; pero lo más intrigante es el extraordinario físico de la reina, una mujer tremendamente obesa, de la que gruesos colgantes adiposos sobresalen de sus miembros; la columna lumbar es rehundida, se podría decir que con una profunda lordosis, en proporción con la prominencia glútea; un intento de compensación del excesivo peso de los colgantes abdominales. Detrás de esta descompensada anomalía se ha pretendido adivinar desde una luxación congénita de cadera, una esteatopigia, a un tipo de lipomatosis extremadamente dolorosa[35],[36]. Aunque por qué no los artistas egipcios en un rictus de picardía intentaran dibujar la figura inusualmente obesa de una mujer escasamente reconocible entre las mujeres egipcias. O tal vez la representación de la reina Ati como ha sido anticipado anteriormente siguiera fielmente el ideal de la mujer de alta posición social siguiendo los deseos y muy del gusto de los reyes africanos quienes se complacían en engordar a sus esposas con dietas hipercalóricas[37].

Por el contrario, la desnutrición, la caquexia, como un hito desgraciado y repetido en la historia egipcia según registros contrastados mereció el mismo gesto. Las escenas de famélicos del Museo Imhotep de Saqqara que un día estuvieron en la calzada de acceso a la pirámide de Unas así lo manifiestan[38]. O como la del famélico pastor apenas un esqueleto cubierto de piel que dirige el rebaño de vacas en la tumba de Ukhotep (Meir).

La representación del ciego es muy numerosa en Egipto porque muy numerosos eran los factores que la causaban. La diversidad de representaciones iconográficas de la ceguera merecería un capítulo aparte indudablemente. Los cambios que afectan a la ceguera son muy bien conocidos en la antigüedad. La literatura sapiencial advierte el declinar de la vista, una involución fisiológica de la agudeza visual, cuando la vejez acecha al hombre:

“¡Oh! Rey mi Señor, la vejez ha llegado (…) los ojos están turbios…[39]
Durante el Reino Medio y Nuevo escenas de ciegos se ven representados tañendo el arpa integrados en las funciones religiosas y en festivales. Es famosa la escena del arpista pintado de esta guisa en la tumba de Najt (Tebas); en aquél, como en sus colegas de minusvalía y de oficio, se observan la inexpresividad en la mirada, de unos ojos rehundidos en las cuencas. Están sedentes, y de su abdomen gruesos pliegues de piel rellenos de grasa cuelgan sucesivamente apoyándose el superior en el inferior siempre cada vez más amplio, y así sucesivamente. Al igual que el ejemplo del más que corpulento Neferhotep en el Rijsmuseum van Oudheden[40].

La fantasía llegó a su cumbre más elevada cuando se empezaron a descubrir las primeras imágenes de Ajenatón: ante su vista enfermedades de todo género y origen se le adjudicaron sin que hubiera constancia física.

Si la representación de la normalidad y de lo patológico en Egipto estuvo a merced de los vaivenes de la convención religiosa, cultural o política o de la etiqueta palaciega, nunca fuera más cierto esto que durante el periodo amárnico. De esta época tan azarosa e intrigante destaca con luz propia la iconografía del faraón Ajenatón.

Algunos investigadores influidos por médicos, o profanos en la materia médica; estudiosos en el mundo antiguo y en sus enfermedades, adjudicaron al ilustre e irreverente gobernante, una pléyade de dolencias físicas sustentadas en una fisonomía tan poco convencional. De modo que en un alarde intelectual sin precedentes en la historia de la medicina, han construido con infinito ingenio diagnósticos basados en las representaciones de Ajenatón. La preeminencia de éstas, ha proyectado una visión tantas veces ilusoria, sesgada, por no decir fantástica hasta el punto de que ciertos autores ven en aquéllas poco más que una indefinición sexual[41]. Es precisamente esta ambivalencia sexual sumada a un rostro de expresión extrañamente ensoñadora y abstraída asociado a unos perfiles remarcadamente femeninos la razón de esta alharaca. Sin pesar que si fuera cierto su padecimiento, éste conllevaría a la esterilidad, algo incierto a quien se le atribuye una prole numerosa. Hermafroditismos; Síndrome de Fröhlich o adiposogenital; Síndrome de Klinefelter, y así sucesivamente) son algunas de ellas; sólo el Síndrome de Marfan se escaparía excepcionalmente de esta tendencia.

Hay un hecho perfectamente constatado en la imaginería de la época; y es que muchos nobles y oficiales imitaron las tendencias deformantes de su rey, esta cuestión queda especialmente señalada en el caso del escultor jefe Bek[42],[43]. Por otra parte y en contradicción con tan esperpénticas teorías hay iconografías regias con un fenotipo bien distinto y por lo demás bien normal. Dismorfismos similares se ven en ciertas pinturas principescas de las hijas del faraón que están en la actualidad en el Ashmolean Museum (Oxford);[44] y en las representaciones más tardías de Tutanjamón. Si de las primeras huelga toda posibilidad de comparación ante la inexistencia de restos biológicos, del segundo se puede decir con certeza que el cráneo de la momia del faraón entraba en el rango de la normalidad.

Es por tanto un esfuerzo inútil seguir buscando enfermedades que encajen con el aspecto externo del faraón. Además, ante la inexistencia de evidencias físicas en cuanto que el cuerpo del faraón se halla en paradero desconocido o sin identificar, ha de optarse por la prudencia y la seriedad. Si se opta por seguir con las normas del método científico se debiera esperar al afortunado hallazgo de aquellas que nos permitan definitivamente echar luz sobre las sombras que cubren todavía el problema de la familia amárnica; y éste el biológico, es uno más de entre ellos.

Siendo como era el hijo de Atón, su real hijo, él, aceptó el “sacrificio” de manifestarse en el ámbito sagrado con las deformaciones propias de una indefinición sexual anatómica impropia de su sexo, y ni siquiera novedosa en la iconografía egipcia[45], como una especie de “sagrada caricatura” en cumplimiento del papel de padre y madre de la creación atribuidos al dios Atón de quien era su único interlocutor. De esta manera asumía como aquél el principio simbólico de lo masculino y de lo femenino en su propio y único cuerpo, convulsionando por medio de esta puesta en escena tan “irreverente” y revolucionaria, los cánones figurativos marcados por la tradición egipcia para los faraones.

A través de la representación de las actividades diarias se sonsaca las lesiones derivadas del trabajo.

Las tumbas del Reino Medio y Nuevo representan accidentes producidos durante las actividades laborales. Como también relatan el tipo de ocupaciones, de las que incluso las más livianas, a fuerza de la reiteración y repetición de movimientos (en posturas viciadas y antianatómicas), también ocasionaban artrosis degenerativas[46]. La élite social tan poco propicia en emplear su tiempo en trabajos duros, no obstante, fue víctima también de grandes taras degenerativas osteoarticulares[47]. Las momias de los faraones conservan sin excepción de la edad y cuanto más si ésta fuera avanzada, unas tremendas secuelas en sus esqueletos. Y hubieron de soportar por consiguiente, los invalidantes rigores de la enfermedad.

El arte funerario se ha hecho cargo de describir las tareas finas del orfebre o de la molienda del grano de trigo donde la mujer carga el impulso constante de su cuerpo sobre las articulaciones de las muñecas sufriendo la presión reiterada del microtraumatrismo (Fig. 6). Algún día estarán doloridas e inflamadas, por fuertes y continuos dolores que se exacerbarán con la repetición de cada gesto hacia la artrosis. O también la rudeza del ebanista, carpintero, o del escultor a punto de que, al menor descuido, de rebanarse el dedo; del traumatismo ungueal; o de la contractura palmar[48], que andando el tiempo le obligará a tener para siempre la mano como la de un pedigüeño.

Fig. 6. Mujer moliendo el grano. Un gesto que por repetido ocasionaría un gran desgaste articular crónico en toda la cadena articular de los miembros superiores. Era una labor propia de las mujeres, en tal caso, se la podría considerar como una enfermedad profesional. Museo de El Cairo. (Foto: Jaume Vivó).

Fig. 6. Mujer moliendo el grano. Un gesto que por repetido ocasionaría un gran desgaste articular crónico en toda la cadena articular de los miembros superiores. Era una labor propia de las mujeres, en tal caso, se la podría considerar como una enfermedad profesional. Museo de El Cairo. (Foto: Jaume Vivó).

Del pescador a veces sale la hernia inguinal enorme bajo el borde del ceñidor o por encima de él la umbilical[49] surgidas bajo el recio esfuerzo del jalado de las redes repletas de pescado. O la futura artrosis cervical invalidante de la mujer que transporta sobre su cabeza el pesado cántaro o la canasta cargada de panes, y que aún joven, la rigidez dolorosa aparecerá antes de que las lesiones articulares ya anuncien su presencia. Del tejedor trabajando doblado en el ambiente penumbroso del taller con las rodillas en contacto contra su abdomen. Las largas marchas de los soldados con los pies cubiertos de ampollas y llagados, sin que nadie les dé concesión a la recuperación; las infecciones de éstos serán una dura tortura que los hacía inservibles cuando al final del trayecto afrontaban por fin la batalla (Fig. 7).

Fig. 7. Relieve del Templo de Deir el Bahari de la reina Hatshepsut. (Foto del autor).

Fig. 7. Relieve del Templo de Deir el Bahari de la reina Hatshepsut. (Foto del autor).

Las deformidades físicas que se observan en algunas de estas representaciones, a pesar de las limitaciones expuestas, denotan el interés de proveer al difunto de un universo familiar y realista donde la enfermedad y la imperfección también existían. Y como tales, les concedían al difunto el consuelo y la gratificación al servicio de una mayor verosimilitud con el mundo que había dejado. Eran trabajos rudos que hipotecaban la salud del trabajador el cual apenas podría escapar del destino impuesto por la adversidad azarosa de unos antepasados iletrados y pobres: sus maestros en el oficio. La Sátira de los Oficios tan estimada de los maestros y alumnos del poblado de Deir el Medina es una pizca de seducción del padre que desea que su hijo escape de tan duro destino laboral. Al fin y al cabo nada hay más saludable que el oficio de escribano[50]. Sin embargo, el excelso y bien acreditado puesto de escribano no era una bula contra la enfermedad.

Con frecuencia la representación transmite la sospecha de la enfermedad poliomielíticahecho que se ve claramente en la estela de Roma presente en la Ny Carlsberg Glyptotek de Copenhague[51].

III. Las fuentes de evidencia biológica

Los restos humanos proporcionan quizá la más sólida evidencia, e irrefutable, de la enfermedad[52], en tanto que las otras dos están sometidas al albur de la subjetividad del observador de acuerdo con su especialidad o preparación[53]. Es la moderna ciencia de la Paleopatología la que se encarga del estudio de las enfermedades que el hombre antiguo ha sufrido a lo largo de la historia.

La paleopatología, siempre es conveniente recordarlo, ayuda a comprender y a completar el estudio de las enfermedades sufridas por una población determinada con todo el bagaje productivo acumulado a lo largo de su camino existencial que convivió en unas condiciones comunes. En esencia permite discernir sobre la evolución de la enfermedad en los hombres del pasado sin la perturbación de las terapéuticas que el médico moderno interpuso en su libre discurrir histórico. Y sobre todo, a despertar el interés por el origen y la evolución de las enfermedades infecciosas. Permite la visualización, excepcional, de los estigmas que aquélla imprimió en los tejidos humanos, la distorsión, la perturbación en éstos. Y por supuesto, la incidencia, frecuencia, cronología de la dolencia, y su virulencia.

Un muestrario privilegiado que permitirá comparar las enfermedades pretéritas con las vigentes y con las futuras. Que permitirá implementar técnicas de vanguardias, incruentas, en estos cadáveres y facilitar la aplicación en el vivo. Egipto, es un terreno particularmente privilegiado para el estudio de los restos cadavéricos en virtud del clima (temperatura alta y sequedad ambiental), y de excepción para la conservación de las partes blandas de un cadáver. Así es posible que las condiciones de la momificación natural de antiguo habitante sean casi la norma e idóneas para proporcionar unas áreas de información convincentes (Fig. 8).

Fig. 8. Calaveras de la Necrópolis de Hawara (Egipto) y a la derecha un pie momificado. (Foto del autor).

Fig. 8. Calaveras de la Necrópolis de Hawara (Egipto) y a la derecha un pie momificado. (Foto del autor).

Y si además, si se le añade la peculiaridad cultural y religiosa de los forjadores de esta particular cultura en la creación de la momia antropogénica[54], la conclusión no puede ser más halagüeña. En pocos sitios hollados por el pie del arqueólogo se podrán encontrar tan raro privilegio. Pero también es cierto que el hallazgo de restos humanos puede ser objeto de debate y aún de desacuerdo. Es necesario distinguir entre las lesiones genuinamente patológicas y las que imitan la enfermedad[55]. Cuando éstas se excluyen por falsas es cuando el trabajo del estudio puede iniciarse verdaderamente.

El examen de los restos humanos estudiados por Elliot Smith a principios del siglo XX después de ser objeto del rescate como consecuencia del alza de las aguas del embalse de Asuán (1.907), aportó una grandiosa información que desbordó la capacidad de asimilación del grupo de investigación.

Además, los datos patológicos encontrados no siempre fueron bien identificados en sus correspondientes enfermedades. Tal incertidumbre era imputable a los escasos conocimientos anatomopatológicos lo cual mantuvo una cierta atmósfera de estrés entre los participantes de la campaña. Era demasiada información para que se pudiera procesar con la exigencia y presteza que se exigían a si mismos, y por ello los resultados del estudio adolecieron de superficialidad. Aunque al principio se marcaron la meta de recabar datos estrictamente antropológicos (raza, edad, sexo), a los que dieron prioridad sobre otros: los documentales (ilustrativos, fotográficos). El deseo era el de proponer un estudio más reflexivo más adecuado, hecho con posterioridad, por medio de los Bulletins; sin embargo, fue un deseo que nunca cuajó por desgracia[56].

De entre las enfermedades más importantes que el grupo de trabajo de Elliot Smith consideró más sobresalientes o de mayor importancia estaban la tuberculosis[57] y la gota[58], haciendo especial énfasis en el estudio de las enfermedades articulares -muy especialmente en las osteoartritis, las artritis reumatoides, espondilitis, artritis y osteítis deformantes; y cómo no las fracturas –sobre todo de miembros superiores (cúbito y radio) que suscitaron un inusitado interés. El grupo de las osteoartritis fue muy común en estos restos humanos descubiertos; un colaborador de Smith, Wood Jones, destacó que la espondilitis deformante era muy frecuente; no obstante, los patólogos encontraron desacertado diagnosticarla con el sólo hallazgo de los cambios que el autor describiera (Fig. 9). Al respecto encontró cambios degenerativos más frecuente en la articulación de la cadera entre los antiguos egipcios. Aparte de las enfermedades de localización ósea también había referencias a otras de diversa índole que no por menos destacables son menos curiosas: un caso de lepra realmente excepcional[59], si fuera confirmado; una fisura palatina; una mastoiditis; un osteosarcoma de un húmero izquierdo; prolapsos rectales y vaginales; y signos de muerte en el parto; casos infantiles de criba orbitaria, secundarias a deficiencias de hierro.

Fig. 9. Absceso articular (Imagen procedente del libro: Macke, A., Ch. Macke-Ribet & J. Connan, Ta Set Neferu, V, 2002.

Fig. 9. Absceso articular (Imagen procedente del libro: Macke, A., Ch. Macke-Ribet & J. Connan, Ta Set Neferu, V, 2002.

Ciertamente el surtido de patologías adquiridas y congénitas era cuantioso en el Egipto Antiguo.

Del enanismo, aparte del reconocimiento iconográfico del cual se ha tenido ocasión de comentar, hay evidencias cadavéricas; el más notable es el ejemplar encontrado por Emery[60]. Sin embargo no se han encontrado deformidades producidas por trastornos carenciales alimentarios que recuerden el raquitismo[61].

Sobre la enfermedad dental de los antiguos pobladores del Valle del Nilo se ha hablado abundantemente. Los numerosos trabajos a disposición del estudioso tienen en común la alta prevalencia como el predominio de la enfermedad periodontal en las calaveras de aquéllos. La otra plaga era -la caries- que asolaba como lo sigue haciendo en las dentaduras del hombre moderno desde el momento en que los azúcares refinados empezaron a ser habituales en la dieta diaria. El estudio de Leek es muy interesante porque denota como los nobles de las épocas de las pirámides tenían cambios patológicos (artritis) en las articulaciones de sus mandíbulas como consecuencia de la enorme abrasión y el desgaste de sus dentaduras[62]. Es destacable el estudio reciente de una cantora de Amón de la 22 dinastía (Djedmaatesankh) del Royal Notario Museum que probablemente falleció como consecuencia de una infección dental y que en vida le provocó un tremendo malestar[63].

No obstante el hombre egipcio no escapó de ser víctima del consumo más tardío de una dieta más rica en azúcares más frecuente bajo la influencia de culturas foráneas. Sin duda como causante de la primera se ha de imputar a la dieta diaria (concretamente al pan) contaminada con partículas de arena producto tanto del ambiente como de la manera de manufacturarla[64]. Numerosos estudios se han hecho eco al respecto, algunos ya son auténticos clásicos. Ciertamente las taras halladas en las dentaduras de los gobernantes eran muy semejantes a las de los súbditos[65] (Fig. 10).

Fig. 10. Radiografía lateral del cráneo de Ramsés II, la sombra en la mandíbula inferior confirma que se debe a un absceso dentario (Harris y Wente, An X-ray Atlas of the Royal Mummies, Chicago, 1980).

Fig. 10. Radiografía lateral del cráneo de Ramsés II, la sombra en la mandíbula inferior confirma que se debe a un absceso dentario (J.E. Harris y E.F. Wente, An X-ray Atlas of the Royal Mummies, Chicago, 1980).

De los parásitos, se sabe desde entonces, que acostumbraban anidar en los cuerpos de la población egipcia antigua desde la más tierna edad.

Y aún ahora muchas de ellas lo siguen haciendo en las épocas actuales[66]. Los más tempranos estudios de Ruffer[67],[68] llamaron la atención de que la población egipcia sufría el embate de manera constante desde mucho antes de que las dinastías se impusieran[69],[70]. Fue precisamente él, Sir Armand, quien advirtiera sobre la infección de la Bilharzia en los cuerpos de los pobres egipcios. La Esquistosomiasis[71], la enfermedad, sigue despertando un gran interés en los investigadores modernos ya no sólo por la historia que la antiquísima enfermedad tiene, sino además, aun más si cabe, porque continua siendo la causante de tremendos estragos entre el egipcio moderno[72],[73], [74],[75].

El parásito pulula en las aguas estancadas de los canales de irrigación[76], acequias, aledaños al mismo río; afectando a los campesinos, pescadores, niños; y mujeres que van a hacer la colada diaria[77]. Que habitan en este ambiente ribereño prácticamente inmutable a lo largo de los siglos por ser el hogar donde se desenvuelve el ciclo del parásito. Por estas cuestiones aquéllos son muy susceptibles al contagio. El pueblo egipcio siempre estuvo muy apegado con constancia y frecuencia al agua del Nilo como no podía ser de otra forma. Cualquier actividad bien doméstica o lúdica, higiénica o laboral, precisaba de la necesidad del recurso hídrico. En los retratos humanos de la vida mundana reflejados en las tumbas algunos arqueólogos pretendieron ver en la profusión de sus abdómenes los estigmas de la enfermedad[78].

En su peregrinación el parásito aloja sus huevos en las paredes de la vejiga urinaria, que al ulcerarse, éstos pasan a la orina, cerrándose el ciclo parasitario cuando aquél retorna al agua. El daño ulceroso sometido a la vejiga[79] provoca la presencia de sangre en la orina y uno de los signos cardinales de la dolencia (hematuria). Pero hay otros órganos que están afectados a su paso según el rastro que ha dejado en los restos humanos donde más frecuentemente se localiza[80]. Es cierto que existen referencias[81], o al menos con cierta frecuencia, algunos autores siguen interpretándola, traduciéndola[82] y destacándola como tal en los textos médicos papirológicos. Pero sin embargo, en realidad, nunca aparece ni siquiera conceptualmente de forma directa ni metafóricamente, aparte de que, algunos textos de forma insistente lo afirmen[83],[84],[85].

Tampoco existen evidencias de si los médicos egipcios reconocieran o no en el gusano la autoría de la dolencia. Es un asunto poco probable cuando en verdad aquél es imperceptible al ojo humano. Sin embargo es indudable que la hematuria franca era un mal bien conocido por el médico faraónico dándole tal vez éste a lo que sólo es un signo un protagonismo y una naturaleza bien diferente a la del médico moderno[86].

Una de las complicaciones más tremenda es la cirrosis hepática[87]. El vientre ascítico como consecuencia acontece entre el 10-49 por ciento de esta enfermedad según referencias de algún estudio realizado en Uganda[88]. En el arte faraónico abundan las imágenes de hombres desempañando rudos oficios de vientres hinchados, quién sabe si con ascitis, en los que algún especialista supone reconocer como enfermos, a los portadores de las etapas finales de la parasitosis; de cuyos vientres es muy factible la visión de hernias umbilicales o inguinocrurales por el aumento de la presión que desarrolla la tensión del líquido ascítico[89].

La profesora Rosalie David (“Manchester Museum”), así mismo descubrió, en los intestinos de la momia (1777) femenina Asru numerosos gusanos del tipo Strongyloides. La Estrongiloidiasisera otra de las parasitosis más frecuentes. Las vías de entrada del parásito son comunes al de la Bilharzia pero una vez dentro del sujeto tiene preferencia por el tubo respiratorio como paso intermedio desde donde acude a la garganta, se deglute, yendo finalmente al estómago e intestinos[90]. Otro caso similar fue encontrado por la citada autora en la llamada momia 1770 de una muchacha de quince años el gusano de Guinea (“Dracunculus medinensis”). El parásito adulto de la Dracunculosis, suele alcanzar varios centímetros de longitud, provocar fuertes dolores con fiebres[91]. También se sabe que la momia ROM (Najt) tenía el parásito de la triquinosis (“Trichinella spiralis”) por lo que debía alimentarse con carne de cerdo. La Filaria (“Wuchereria bancrofti”) bloqueó sin duda los vasos linfáticos de la bolsa escrotal del sacerdote del Amón (Natsefamón) cuya momia está en Leeds (Fig. 11). Y los gusanos de los Áscaris lumbricoide disfrutaron del hospedaje del sufriente cuerpo de la momia PUM II[92].

Fig. 11. La infección por Filaria era muy frecuente en el antiguo Egipto. El resultado final suele dar una obstrucción linfática en el escroto o en los miembros inferiores (H.P. Lambert & W.E. Farrar, Atlas fotográfico de enfermedades infecciosas, Vol. I y II, Antibióticos, 1982).

Fig. 11. La infección por Filaria era muy frecuente en el antiguo Egipto. El resultado final suele dar una obstrucción linfática en el escroto o en los miembros inferiores (H.P. Lambert & W.E. Farrar, Atlas fotográfico de enfermedades infecciosas, Vol. I y II, Antibióticos, 1982).

Recientemente, la evidencia de La Malaria ha ido consolidándose. Ya en la época en la que Ruffer hizo las primeras descripciones macroscópicas de los cadáveres de los antiguos egipcios, ya advirtiera en éstos, el hallazgo de bazos agrandados, sospechando la posibilidad de la enfermedad. En la colección Marro que comprende algo más de 650 esqueletos completos y 1300 cráneos[93] de Egipto (Gebelein y Asiut), se comprobó que presentaban también secuelas visibles al ojo humano realmente sospechosas, siendo bien confirmadas por la radiología[94]. La hembra del mosquito Anofeles que transporta en su saliva el parásito lo introduce en la sangre estableciendo su ciclo reproductor en el glóbulo rojo originando su fragilidad y destrucción; y consecuentemente, la anemia que ha de ser compensada por el organismo por mecanismos suplementarios de producción de eritrocitos además de los habituales. Hoy en día se aplican sistemas sofisticados (pruebas inmunológicas: ELISA)[95] muy sensibles que demuestran como la enfermedad palúdica era tan prevalente en la antigüedad como en los tiempos presentes.

Las infecciones campaban por sus fueros haciendo estragos en un mundo donde la prevención y los tratamientos eran inexistentes.-

Los papiros médicos inicialmente han sido las primeras fuentes de información de la enfermedad infecciosa de fuentes diversas. Pero son avisos que el médico moderno cree vislumbrar de entre la niebla de la confusión de un modo fragmentario a causa de cómo fueron escritos. Es difícil responder a la pregunta de hasta que punto el antiguo era capaz de concebir o de discernir para la infección una causa física determinada, siquiera microbiológica, sin caer en la interpretación mágica ciertamente más ligada con su modo de vivencias mágico-religiosas, ante la pérdida de la salud de lo misterioso y de lo desconocido. Si esto sucede para el origen de la enfermedad infecciosa, idéntica correspondencia es válida para el momento de aplicar el tratamiento: mágico para la enfermedad misteriosa y racional si ésta fuera evidente (aunque no siempre sea una ley que se cumpla).

La tuberculosis, una enfermedad milenaria, ya presente desde el neolítico egipcio, se inició según la antigüedad de los datos cuando el hombre empezó a convivir con las bestias y alimentarse de sus productos. Así que con toda probabilidad fuera el M. Bovis el que por vía alimentaria (leche de la vaca) o respiratoria (la convivencia íntima) comenzó a producirse[96]. Existe, entre otros, el caso de una mujer joven con una afectación ósea generalizada, aunque estudios coetáneos ya se encargaran de poner en duda el diagnóstico al no cultivarse la bacteria en las muestras. Posteriormente el Dr. Derry encontraría nuevos casos. Un caso de Mal de Pott en un joven fue después confirmado por Ruffer. Modernamente, se han descubierto y cada vez son más persistentes, nuevos hallazgos que por fin confirman y avalan la presencia de ADN de las bacterias de la tuberculosis. Ya existe seguridad por los exámenes moleculares de constancia de estos fragmentos de micobacterias. En las tumbas de los Nobles, al oeste del actual Luxor, se ha sido capaz de encontrarlos en la columna de la momia decapitada, sin evidencia de evisceración, de un varón de 35 años que vivió durante el Reino Nuevo; en el tórax apenas quedaban unos pulmones retraídos con firmes adherencias pleurales en el lado derecho; además tenía una tremenda destrucción de dos cuerpos vertebrales lumbares con formación de hueso nuevo de regeneración detectable radiológicamente. Un caso interesante de afectación simultánea ósea y pulmonar[97]. Estos mismos autores (Zink 2002), han estudiado varios casos en diferentes localidades de Egipto (Abidos, Tebas oeste) y de diferentes épocas (predinástico hasta periodo tardío) que demuestran que la enfermedad estaba muy extendida y era prevalente desde épocas muy tempranas de la civilización egipcia[98],[99].

Otra cosa es la presencia de la enfermedad sifilítica en los mencionados hallazgos. La verdad es que nunca se han encontrado tan siquiera indicios de cambios osteológicos de la enfermedad aunque algunos de ellos fueron etiquetados como tales por algunos pioneros de la naciente ciencia de la paleopatología (Bouquet y Lortet). El diagnóstico fue pronto refutado por Elliot Smith[100] quien los achacó a artefactos del periodo Nagada provocados por escarabajos cuando no al canibalismo (Petrie, Quibell)[101].

En algunos de estos papiros se relatan indicios sobre periodos momentáneos de epidemias que acosaban a la población. Es tan instructiva como curiosa la referencia del reverso del papiro quirúrgico por excelencia a la Peste del Año. Tal vez una enfermedad que se daba durante una época concreta del año[102]. Sobre la plaga bubónica se ha discutido mucho en relación con Egipto sin duda alguna la ausencia de datos claros científicos o literarios lo que ha hecho que su presencia en este país no sea más que una pura conjetura[103]. Es por tanto bien sugerente la imputación a estas enfermedades comprensibles a la mentalidad mágica egipcia a alguna deidad, y por qué no a la propia Sejmet, a quien se le otorgaba el epíteto de la Señora de las Plagas. Que por su intermedio o inspiración, ella enviaba legiones de demonios portadores de la enfermedad. Además no se cuenta cómo en tiempos de leyenda ya intentara destruir la humanidad[104].

La difteria es una enfermedad contagiosa que se ha mantenido endémica en el África Oriental a lo largo de los siglos, señal manifiesta lo asevera el dato que en el 80% de la población rural de Kenia[105] se ha demostrado en muestras sanguíneas datos del contacto con la bacteria causante de la infección (Corynebacterium).

Entre los viejos habitantes del país del Nilo hay vestigios escritos sobre una enfermedad que preocupaba a las madres. Los modernos recopiladores del saber médico la han identificado con la enfermedad infantil baa[106]. De esta entidad mórbida, junto con sus tratamientos de herbolario, recogida por lo visto en los textos pediátricos egipcios de temática mágica (Berlín 3.027)[107] de comienzos del Imperio Nuevo[108], se describe la clásica localización de los síntomas en la garganta. Muy similar a la que se encuentra en el papiro Ramesseum[109] que data del Reino Medio donde se incluye las complicaciones cardiacas y la cianosis de los labios secundarias a la asfixia[110].

Las enfermedades infecciosas gastrointestinales en el Egipto de la antigüedad como en el actual debieron suponer un tormento continuo para toda la población, y aun más si cabe para la población infantil sobre todo en el momento cercano al destete. Se han podido encontrar mediante estudios moleculares evidencias firmes de bacterias patógenas (Escherichia coli), como la que contribuyó a la muerte de un infante encontrado durante una excavación (Deutsche Archaeologische Institut, Cairo), en las tumbas de los Nobles (TT 84, reinado Amenhotep II). Produciéndole una infección generalizada (septicemia). Según se deduce del trabajo que se presenta el niño ya tenía trastornos carenciales (anemia crónica y déficit de vitamina C) que colaboraron sin duda en las merma de su resistencia biológica[111].

Todas las suspicacias o desconfianzas que pudiesen liberarse de la interpretación de estos escritos por los sabios contemporáneos se aclaran con la certidumbre que proviene de la medicina moderna[112].

Tampoco se puede decir mucho más de los estigmas cutáneos en el rostro del faraón de la dinastía XX Ramsés V que con ciertas dudas se piensa que fueran provocados por la viruela[113]. Siguiendo en el capítulo de las enfermedades contagiosas está la de la momia de otro faraón, Siptah, cuyo pie péndulo flexionado “equino varo” recuerda a los afectados de la poliomielitis aunque tampoco se debería descartar una enfermedad congénita[114],[115].

Los ojos fueron víctimas propiciatorias de potenciales desórdenes. El Antiguo Egipto es desgraciadamente conocido por una frecuente incidencia en enfermedades infecciosas oculares, de entre las cuales, la que tenía un especial protagonismo era el Tracoma. Sin duda era ésta la conocida con el sobrenombre de oftalmía egipcia; la más frecuente y la que determinaba tremendas y definitivas secuelas entre las que la ceguera era la principal. Una enfermedad endémica que se ceba sin igual, con saña en los niños más pequeños. La Xeroftalmia (falta de vitamina A) también era frecuente sobre todo en un país donde las diarreas eran severas[116]. Los ojostampoco escaparon del acecho de otras patologías. Es de sobra conocida por el vulgo la agresión que las conjuntivas sufrían a la exposición frecuente al sol y a los vientos arenosos del desierto. O por el contrario, la penumbra de los habitáculos en las viviendas mal ventiladas, con atmósferas cargadas de humos y partículas de hollín en suspensión; como de las tumbas tras años de labor en la realización de dibujos, pinturas y relieves[117]. Todo ayudaba a la merma en la nitidez de la visión. La integridad de la agudeza visual quedaba totalmente hipotecada.

La contaminación de los pulmones de los canteros y mineros bajo la forma de fibrosis y silicosis causaban graves problemas respiratorios a largo plazo. Sin embargo, parece ser que el polvo de calcio liberado por la acción del escoplo sobre el bloque caliza usada para la construcción de las pirámides no era tan nocivo a los pulmones[118]. Como muestra se han estudiado muestras recogidas de vasos canopos y de las cavidades de momias intactas con el fin de identificar los tejidos orgánicos que las albergaban. De estas muestras se seleccionaron seis pertenecientes a pulmones en los que se destacaba datos de antracosis, enfermedad tuberculosis, evidencias de neumonías y otros hallazgos[119].

Sobre el estudio de las enfermedades cardiovasculares en el mundo antiguo se entra el escurridizo e inasible terreno de la especulación. Lo datos resultantes de la investigación son muy a menudo inseguros y fragmentarios[120]. Sin embargo en lo que se refiere al Antiguo Egipto a causa de la consistencia y de la importancia del material anatómico y del grado de conservación de los especimenes por las condiciones climáticas, y por los métodos modernos de los histopatólogos, ha sido posible trocar la inseguridad por el afianzamiento y la especulación por certidumbre. Usando pruebas muy sofisticadas, sensibles y específicas, se ha podido identificar un probable infarto de miocardio, aunque los estudios son todavía preliminares, en el tejido momificado de un individuo que como consecuencia falleció súbitamente. Se trata de un jefe de artesanos de la XX dinastía (Tebas), el sacerdote de Amón Horemkenesi. Estudios forenses de su momia indica que a los 60 años se desmayó en la arena víctima del ataque cardiaco, y fue infestado por coleópteros antes de la momificación. Después de su proceso de momificación espontánea recibió la antropogénica[121].

Los estudios anatomopatológicos de las momias comienzan a ser un asunto corriente a principios del siglo pasado cuando Shattock hace las primeras secciones de la aorta calcificada del faraón Merenptah[122],[123],[124]. Después les seguirán los de otros investigadores quienes colaboraron en dar a conocer la presencia de la enfermedad arteriosclerótica entre los antiguos egipcios[125]. Que se daba con frecuencia en sujetos entre la cuarta y octava década de la vida. Una precisión que no es nada novedosa en cuanto a que se corresponde con los datos contemporáneos. Hallazgos que sorprenden porque siempre se creyó que la arteriosclerosis estaba más de acorde con la presión de los tiempos modernos. La mayoría de las personas que se momificaban eran de clases pudientes por tanto era lógico que su dieta fuera hipercalórica y rica en grasas en las que el sobrepeso sería algo habitual. Si la dieta de los menos favorecidos era en la práctica vegetariana es esto de difícil comprobación en tanto que se disponen de escasos testimonios cadavéricos[126].

Se ha hablado largo y tendido sobre la frecuencia de Patología tumoral en el Egipto faraónico, la verdad es que siempre se ha creído que sería poco frecuente a tenor de los escasos hallazgos encontrados hasta ahora si se excluyen los sobradamente conocidos. Siempre se ha pensado que la baja incidencia de patología tumoral entre la población egipcia era por la baja esperanza de vida, sin embargo, se han publicado estudios muy actuales (Nerlich, 2006); comparando los restos óseos de un grupo de cientos de individuos (905) que vivieron en el Egipto faraónico (3200-500 a. C.) en Tebas oeste y en Abusir con alemanes modernos (siglo XV-XIX); de éstos un total de 2.547. Es notable destacar que se identificaron 5 casos del material egipcio contra 13 del alemán con metástasis[127]. De una colección de 1118 individuos momificados (Colección Marro de Turín) solo fue posible identificar tres casos de tumores óseos, de ellos dos referidos a mielomas múltiples y uno a una metástasis de un carcinoma.

Algún otro autor (W.M. Pahl) refiere 44 casos de tumores óseos (osteomas) de material procedente del antiguo Egipto[128]. Strouhal recientemente da señal de un tumor sacro (Neurilemmoma)[129] en el antiguo Egipto de una de las momias encontradas por la expedición checa de la tumba de Iufaa (dinastía XXVI, Abusir)[130] (Fig. 12).

Fig. 12. Metástasis osteolíticas (E. Strouhal, Life of the Ancient Egyptians, 1992).

Fig. 12. Metástasis osteolíticas (E. Strouhal, Life of the Ancient Egyptians, 1992).

David refiere que el cráneo de la momia Asru (1777) tenía una metástasis[131]. Strouhal[132] (Naga ed Deir; Imperio Antiguo), menciona igualmente el caso de un varón de entre 40-50 años que padeció en su cabeza un tumor maligno que le consumió el cráneo (Fig. 13); y un mioma calcificado en un útero de una mujer (en Sayala)[133]. Y finalmente, y como curiosidad, tras la identificación y el estudio radiológico (TAC) de la momia de la reina Hatshepsut (KV 60) se ha encontrado una masa tumoral en la cavidad pélvica con erosión del hueso iliaco izquierdo y con probables metástasis vertebrales[134].

Fig. 13. Craneofaringioma que destruyó el macizo craniofacial (E. Strouhal, "Ancient Egyptian Case of Carcinoma", Bull. N.Y. Acad. Med. 1978).

Fig. 13. Craneofaringioma que destruyó el macizo craniofacial (E. Strouhal, “Ancient Egyptian Case of Carcinoma”, Bull. N.Y. Acad. Med. 1978).

El parto estaba sometido frecuentemente a trastornos distócicos[135] bajo el imperio de la naturaleza y de los acontecimientos. Ni tan siquiera la protección mágica de las plegarias a los dioses protectores del embarazo y del parto podrían paliarlos. Y esto es así porque sabemos de momias de madres que fallecieron durante el trance. Como ejemplo el de la reina Henhenet que por tener una pelvis estrecha, en su cuerpo todavía permanecen las secuelas de desgarros en la vulva con una fístula entre vagina y vejiga; falleció por un parto complicado. Es impactante el hecho de otra mujer enterrada en compañía de su hijo recién nacido. O el de aquella mujer momificada espontáneamente con un útero prolapsado enterrada igualmente con su hijo[136].

La experiencia traumatológica y reumatológica. La importancia de la salud laboral, resultó ser ciertamente extraordinaria en un país caracterizado por su ferviente afán por las construcciones públicas. Los traumatismos laborales de tan continuos y graves como resultado del quehacer cotidiano del obrero egipcio provocaron sino un eficaz sistema sanitario, si al menos un grandísimo interés en resolver las secuelas derivadas de aquéllos. En este aspecto conviene recordar la cuantía y la frecuencia del daño corporal que aquél acusó, bien durante el desarrollo de los trabajos duros en los grandes monumentos como de los especializados[137].

No es de extrañar por tanto la temprana aparición de tratados quirúrgicos que aunque se fecharon a principios de la XVIII dinastía[138], existe la sospecha de que fueron copias de otros más antiguos, de cuando los primeros proyectistas de las monumentales estructuras piramidales de Guiza todavía estaban por nacer. Así es que, ya en los comienzos de la historia egipcia, hay constancia de la presencia de una tradición médica en los proyectos públicos a gran escala[139]. Pues eran numerosas las empresas constituidas por numerosos grupos de trabajadores especializados en el transporte y en la talla de la piedra como aquellos en los que la manufactura de elementos ornamentales culminaba el fin de la obra. Las condiciones eran extremas por el calor asfixiante y la sequedad ambiental y cómo no también por las agresiones de las alimañas y animales ponzoñosos; pero también por las heridas, contusiones, aplastamientos de los porteadores de piedra reventados por los grandes bloques de granito. Por las heridas provocadas en el campo de batalla; por la visión espantosa de las fracturas expuestas condenadas a la infección (gangrenas, tétanos; no serían tampoco infrecuentes)[140].

Por tanto, la salud también era importante; el sentimiento de la administración por cuidado de la salud de sus trabajadores era una constante. Se manifiesta en los títulos de médicos que iban en las expediciones que de forma estable permanecían en los asentamientos de larga duración[141],[142]. Basta con ver la alta mortalidad de obreros en las obras públicas en épocas recientes para hacerse una idea de lo que debió suceder en la antigüedad. Seguramente las condiciones ambientales en ambos momentos fuera muy similares[143].

De todo ello el médico o sunu no era el responsable único de todos los problemas de salud como tampoco de la prevención de los siniestros laborales o de una campaña de evitación del daño físico laboral sino que lo eran también la administración (el visir y sus subordinados).

Los papiros tratan sobre lesiones óseas (fracturas y luxaciones)[144]. Tienen la virtud de clasificar los tipos de traumatismos por áreas anatómicas con una moderna sistemática, en atención también de la gravedad de los mismos que resulta tan interesante y atractiva cuando se remarcan los daños y las secuelas neurológicas y cuando en ellos se expresa el pronóstico.

Sin duda, por las razones aludidas son importantes, porque fueron los primeros ejemplos en la historia de la medicina en registrar de manera casi científica los traumatismos. Por la descripción práctica de éstos liberándolos del corsé mágico inherente en las dolencias de índole interno. Los médicos por entonces tuvieron la oportunidad de registrar los resultados de las lesiones en el mundo laboral y de los inconvenientes de sus secuelas[145].

Son cuantiosas las fuentes disponibles para contemplar las enfermedades de los trabajadores ocupados en la construcción de obras y monumentos para el estado. Aun cuando se viene aludiendo a la racionalidad de los tratamientos de los desperfectos producidos[146]. No cabe duda de que, además la magia, y el ritual, siguieran estando también a su disposición. Pero el médico egipcio también estaba interesado en las lesiones de sus conciudadanos menos esforzados, porque muchos de los traumatismos eran muy comunes entre cualquier miembro de la comunidad[147], como así se recoge en las descripciones funéreas de quienes fueron los artesanos, los que construyeron las tumbas del Imperio Nuevo.

Existen testimonios claros de la utilización del uso de las prótesis aunque se desconoce si la intencionalidad era por restablecer la integridad anatómica del miembro perdido y la recuperación de las funciones con la aplicación de artefactos fabricados por el ingenio humano. De hecho, se han encontrado recientemente (1.994) gracias a las imágenes de tomografía una pieza destinada (probablemente de cerámica) que perteneció a una momia femenina de la XXI dinastía en continuidad con el primer hueso metatarsiano, para reemplazar las falanges perdidas, y para la mejor sustentación y deambulación del pie; y para el difunto, la búsqueda de la integridad[148].

La momia que perteneció a Amenhotep II tenía cambios característicos de una espondilitis anquilopoyética[149]. Las radiografías simples de la columna expresan clamorosamente los dolores que tuvo que sufrir este paciente, un hombre que en vida siempre se ufanaba de ser un gran atleta sin parangón en el tiro al arco[150]. Otro caso paradigmático es el de Ramsés II quien siendo en extremo longevo, a cambio del disfrute de una larga existencia hubo de pagar el coste de una pésima calidad de vida en los últimos años. Es fácil imaginarse al viejo faraón encorvado caminando con titubeos y parsimonia a duras penas manteniendo un equilibrio en precario con la ayuda de un bastón o transportado con veneración en una silla por un grupo de siervos nubios; la mirada siempre permanecía fija al suelo cuando intentara la marcha. Como las radiografías lo demuestran tan clamorosamente[151],[152]. El cadáver momificado de su hijo y sucesor Merenptah, ya de edad senil cuando subió al trono, enseña la misma anquilosis que el padre[153]. La supuesta momia de Tutmosis I también padeció de esta deformidad invalidante pero esta vez muy extendida[154],[155].

Para finalizar, hay un trabajo que como colofón compendia la multitud de patologías que los egipcios padecían y que la moderna ciencia nos puede desvelar. Es una serie muy amplia de casos (273 individuos) recogidos de tres “tumbas de los nobles” (TT84, 85, 95). La investigación abarca desde restos esqueletizados hasta los momificados. Las tumbas construidas en el Reino Nuevo fueron usadas hasta el 330 a. C. Las edades eran muy dispares, desde los recién nacidos a ancianos; el porcentaje de niños y de individuos que aún no habrían llegado la edad adulta era de un 20,2% del total. De entre las anomalías patológicas reseñables destacan: la abrasión dental y de caries, 13,8 y 27,7%, respectivamente; consecuentemente, un 15,9% de abscesos dentales. Hallazgos de origen traumático entre 12,3%-22,6%; reacciones inflamatorias óseas un 6,8% de los casos; criba orbitalia, 29,2% e hiperostosis porótica, 15,4%; severa osteopenia, 7,5% y en algunos casos nueva formación subperióstica ósea típica de deficiencia en vitamina C (escorbuto), 9,5%. Los porcentajes de osteoartritis variaban entre 1,9 a 18,5%; de espondilosis entre 12-66,1% de los cuerpos vertebrales (Fig. 14).

Fig. 14. Artritis de rodilla de un anciano. Período Meroítico, (Gabati) Sudán. Tumba 36. British Museum. (Foto del autor).

Fig. 14. Artritis de rodilla de un anciano. Período Meroítico, (Gabati) Sudán. Tumba 36. British Museum. (Foto del autor).

Lo que alecciona sobre las condiciones paupérrimas de vida de una población antigua egipcia de la principal necrópolis tebana en contraste con la capital tebana[156].

Después de este amplio y general repaso, aunque no siempre suficiente, y tal vez un tanto desproporcionado en el contenido y en los argumentos de cada uno de los capítulos entre sí, que aportan cada una de las fuentes más importantes del conocimiento de la enfermedad en el antiguo Egipto. Y siguiendo el criterio de la proporcionalidad de a mayor extensión mayor importancia, se ha de concluir diciendo que:

  • El legado documental no es válido ni fiable como fuente de evidencia de la enfermedad en el Antiguo Egipto.
  • Poco más se puede decir de la observación de la iconografía. Únicamente, a través de ciertas imágenes es permisible realizar una valoración fidedigna. Lo deseable sería compararla con el estudio patológico del sujeto retratado.
  • A pesar de los inconvenientes y limitaciones del estudio paleopatológico, éste es sin duda el método que permite extraer la evidencia más válida de la enfermedad.
  • El ideal sería poder conciliar y afrontar los tres métodos de información aunque esto es en la práctica solamente un deseo.

Notas

[1] Juaneda-Magdalena, M., 2007.
[2]
A veces creo que resulta una ventaja, y más que un inconveniente una virtud, el acercamiento a estos aspectos de la enfermedad en los textos antiguos con una mente abierta, desprovista de la subjetividad deformante del científico moderno.
[3] Sin la magia y la religión el egipcio antiguo no sería tal. El investigador moderno se empeña una y otra vez con enorme tozudez en separar los aspectos mágico-religiosos de la enfermedad y sus tratamientos como algo espúreo y aborrecible; haciéndolo así, los desprovee de su auténtico significado y virtud ya no sólo en los aspectos referidos, sino también, como agente activo en tanto que hacedor de su civilización.
[4] O porque el destinatario conoce y tiene amplios conocimientos médicos.
[5] De hecho aunque los papiros médicos no hablen con claridad de la Bilharziasis, sí se enumeran algunos tipos de gusanos y los tratamientos para expulsarlos;  y es que también los egipcios radicaron algunas etiologías de las enfermedades sobre una base digamos que vermicular. (Rosalie David, 2.000). Algunos sabios han identificado la misteriosa enfermedad “AaA” –producida igualmente por un verme- con la Esquistosomiasis. (Jonckheere F, 1944).
[6] (Joyce Filer, Cap. 2, p. 27, 1995). Suele decirse que la mayoría de los papiros fueron escritos por copistas ignorantes en temas médicos si se exceptúa el papiro de Kahun. (Ghalioungui P, 1983).
[7] (Juaneda-Magdalena M, 2007).
[8] Bardinet Thierry, 1995. Léase el interesante apartado del autor: “Le coeur-haty et l´intérieur-ib”
[9] Lefebvre G, 1956.
[10] Bardinet T, 1995.
[11] JF Nunn, pp. 144-5, 1996.
[12] Qué se puede decir de las figuras humanas que adoptan movimientos inverosímiles reñidos con las posturas que la anatomía apenas puede o permite concebir, ¿son el resultado de una dismorfia somática, del mal tratamiento impuesto por el médico, o por la incompetencia artística del inhábil artesano? Otro tanto, sucede con la conocidísima imagen de la reina del Punt, con qué se ha de comparar su aspecto corporal, a una mera obesidad o a la crueldad de una dolencia que tanto le deformaba.
[13] Reeves C, 1984.
[14] En el texto se observa con claridad el determinativo que acompaña al nombre genérico del grupo étnico denotando enfáticamente su pequeño tamaño.
[15] El escrito implica una gran importancia por su valor antropológico porque expresa la diferencia de un extranjero, de una etnia que se define por una estatura desacostumbradamente pequeña en relación con los naturales del país. Los antiguos egipcios aplicaban a estos grupos el término de “dng”; a diferencia del hombre enano sobradamente representado en la iconografía como”nmw” (Shaw Ian, Nicholson Paul, 2004).
[16] Engelbach R, 1938.
[17] Juaneda-Magdalena M, 2003 El Ka de los enanos acondroplásicos en el Antiguo Egipto y su representación.
[18] Con ellos conviene citar igualmente a los ejemplos de El Cairo (Jnumhotep y a Djedhor como se ve en su sarcófago a tamaño real; o a la enana de la embarcación de alabastro del tesoro de Tutankhamón).
[19] Entre algunos de los sobrenombres que recibía el dios menfita Ptah era el de “enano”. Y esta la razón de la frecuencia de sus representaciones de tal guisa con el aspecto de un acondroplásico ya en época antigua. Posteriormente los griegos adoptaron para él la terminología de “Pataikos” (“Pateco”). Son unas figuras muy fáciles de encontraren los museos dedicados a la cultura egipcia; en el de Lisboa hay un ejemplo muy peculiar (MNAe 357) Egyptian Treasures in Europe, 2000.
[20] Existen y se describen en medicina subgrupos de condrodisplasias entre las que se encuentran los pseudoacondroplásicos. Tal vez Seneb pudiera ser integrado dentro de esta clasificación (Harrison, capítulo 334, p. 2514, Vol. II, 2006).
[21] Juaneda-Magdalena M, , febrero 2003
[22] Junker H, 1941.
[23] “El único que deleita a su Señor todos los días, el enano del Rey, Pernianju de el Gran Palacio” Tal era el nombre del personaje y su dedicación ante su Señor, cuya estatua fue encontrada y publicada por Hawass (1990) en el interior de su Serdab (Hawass Z, 2003).
[24] Junker H, Giza V, 1941.
[25] En este caso se dispone de restos humanos para compararlos con la iconografía y observar las correspondencias.
[26] Ni tan siquiera el estudio reciente del ADN lo ha confirmado (Reeder G, 2005).
[27] Los cráneos de los dos hombres (Jnumnejt y Nejanj ) se compararon con la forma de las cabezas de las figuras viéndose que eran extraordinariamente semejantes con las representaciones iconográficas. Por esta razón se descubrió que durante el enterramiento y durante el etiquetado los responsables habían intercambiado los nombres y equivocado la colocación de las figuras. Y por otra parte, el tamaño de las figuras coincidía con la estatura real de los dos esqueletos, una evidencia en este caso extraordinaria porque uno de ellos tenía un aspecto eunucoide (Reeder G, 2005).
[28] La técnica de reducción de la luxación del hombro en nada se diferencia de la que hace un traumatólogo moderno (método de Kocher) (Hamada and Rida, 1972).
[29] En el Museo de Bruselas hay una imagen muy similar con idénticas características. (Isidro Albert, Malgossa Assumpció, 2003).
[30] Joyce Filer,Cap. 2, pág. 30, 1995.
[31] Butterfield WC, 1976.
[32] Juaneda-Magdalena M, 2007.
[33] Hubo grandes obesos, según parece, entre algunos de los miembros de la dinastía de los Ptolomeos. Se desprende de la información de los filósofos griegos en general y atenienses en particular (Michalopulos A, Tzelepis G, Geroulanos S, 2003).
[24] De la estela funeraria de Nebanj, (Serrano Delgado JM, p. 271).
[35] Infórmese de la Enfermedad de Dercum en el Diccionario terminológico de ciencias médicas, Salvat, 1979.
[36] Ghalioungui P, 1949; 49 (303-316).
[37] Hanning Speke J, 2003.
[38] Juaneda-Magdalena M, 2007. Uno no puede sustraerse de paso del recuerdo de un relato de la conocida Estela del Hambre en la Isla del Sehel cercana al Asuán actual: “Mi corazón tenía una gran pena, porque el Nilo, durante siete años, no había subido a tiempo… Todo lo que había para comer lo había en poca cantidad… El niño lloraba, el joven estaba abatido, los ancianos cuyo corazón estaba triste, se sentaban en tierra, con las piernas dobladas… Incluso los cortesanos pasaban necesidad… (Grimal N, p. 72, 1996).
[39] Lichtheim M, 1997.
[40] En la tumba de Paatenemheb (Saqqara) el músico destaca del resto del grupo musical (Fusch J, 117 (1), 618–623.
[41] Para una mejor comprensión y conocimiento del problema se remite al lector al siguiente artículo: (Juaneda-Magdalena, julio 2003).
[42] En el Museo de Berlín el escultor del faraón Amenhotep, Bek, se representa con una obesidad extrema y con una prominente ginecomastia (D. Giugliano, 24: 836, 2001).
[43] Exámenes posteriores de relieves en tumbas amárnicas muestran el mismo fenotipo (Tumba de Parennefer, Tutu, Ay, Huya, Ahmes, etc.) (Risse GB, 1971).
[44] Como también en gran número de estelas, por citar alguna de ellas, la del grupo del Rey con Nefertiti (ésta con idéntica “anomalía”) y las princesas en el Ägyptisches Museum de Berlín. Del mismo museo hay una estatua de la reina con una acusada “hidrocefalia”. (The Royal Women of Amarna, 1996). Pero aun más relevante es el grupo escultórico de Ajenatón y Nefertiti del Louvre E 15593 (E 22746) donde a ambos se les ve representados sin cambios en el rostro (Les Statues Égyptiennes du Nouvel Empire, Statues Royales et Divines, 2007).
[45] La representación de figuras humanas con un fenotipo mixto sexual no es por supuesto novedosa en la iconografía de los dioses Hapy pero sí lo fue en las que aluden a los faraones; al menos sobre esto no se han encontrado precedentes.
[46] La molienda del grano en las figuras de las mujeres acuclilladas durante años sobrecargaba las articulaciones de las muñecas y del resto de la cadena articular de los miembros superiores.
[47] También recibe la acepción en medicina de espondilosis cuando es la columna la afectada (Diccionario Espasa de Medicina, 1999).
[48] La contractura palmar crónica, también conocida como la enfermedad de Dupuytren (Diccionario Terminológico de Ciencias Médicas, 1979).
[49] Para una mayor información se invita al lector a que lea la página 107 de P. Ghalioungui, 1983.
[50]Mira, no hay profesión que esté libre de director, excepto el escriba. Él es el jefe..” (Serrano Delgado JM, p. 223, 1993).
[51] Hamada and Rida, 1972.
[52] Aunque cómo se verá más adelante no es una afirmación absoluta.
[53] Joyce Filer, Cap. 2, p. 27, 1995.
[54] La momificación artificial por otra parte causa paradójicamente destrucción de los tejidos humanos y su difícil reconocimiento cuando éstos se hayan en íntimo contacto con los productos conservantes.
[55] Los depredadores, insectos, roedores, las raíces de plantas y árboles; las condiciones climatológicamente adversas; la humedad y los componentes químicos del suelo, dejarán marcas indelebles (estrías en los huesos, entre otras) que confundirán al estudioso poco avezado en tanto que simulan a los auténticos trastornos patológicos. Incluso, a veces la presión del vendaje de la momia sobre un miembro puede forzar una posición e inducir la sospecha hacia una deformidad patológica cuando ésta realmente nunca existió. Así mismo, los materiales usados durante el proceso dan lugar a artefactos que habrá que desechar como patológicos (Joyce Filer, Cap. 2, p. 27 y 63, 1995).
[56] Waldron H, 2000.
[57] Ruffer descubrió una evidencia en la momia de un sacerdote de Amón de la XXI dinastía. En Nubia se encontraron también ocho casos con similar patología. Un caso de tuberculosis de cadera se encontró en un cuerpo de la V dinastía (Hamada and Rida, 1972).
[58] Smith y Dawson encontró un caso tardío en un miembro de la comunidad cristiana de File; los huesos de los dedos gordos (que es el sitio de localización más típica) presentaban grandes concreciones blanquecinas. También en las articulaciones de las rodillas; el análisis de las mismas demostró que eran depósitos de ácido úrico (Hamada and Rida, 1972).
[59] Se han encontrado cuatro cráneos con lesiones óseas en el maxilar superior sospechosamente debido a esta enfermedad en cementerios ptolemaicos (Balat y Dajla) (Strouhal E,1992)
[60] Hussein MK, 1949-1950. Op. Cit.Hamada and Rida, 1972.
[61] Hamada and Rida, 1972.
[62] F. Filce Leek, 1980.
[63] La dentición de la momia sufría un grave deterioro por la atrición, caries, un quiste maxilar abscesificado, entre otros. (Melchor AH, Holowkas AH, Pharoah M et al, 1997).
[64] F. Filce Leek, (1971).
[65] Korkhaus, E. Otto, 1975.
[66] Juaneda-Magdalena M, septiembre 2003.
[67] Ruffer encontró huevos calcificados del parásito (Bilharzia haematobia) en momias. (Brier B, 2004).
[68] Helmut Kloos, Rosalie David, 2002.
[69] Hay casos muy antiguos reconocidos como el del adolescente del predinástico egipcio (5000 a. C.) (Millar RL, Armelagos GJ, Ikram S, 1992). Con técnicas de ELISA (ensayo inmunoabsorvente ligado a un enzima) se han encontrado en la piel de las momias egipcias del predinástico (Aufderheide AC, 2000).
[70] Eso explica parcialmente el interés manifestado por la pluma de Heródoto de que los egipcios tenían el hábito de purgarse durante los tres primeros días de cada mes. Los egipcios refieren con términos precisos y en escritura jeroglífica una gran variedad de vermes o gusanos y las recetas para tratarlos. He aquí alguno de los más conocidos: jero011 , Hrrwt y cómo este finaliza en el ideograma de un ofidio.
[71] Se destaca dos tipos de gusano, los más frecuentes en los parajes nilóticos son: el Esquistosoma haematobium y el mansoni.
[72] El mérito del descubrimiento del parásito se debe al Dr. Theodor Bilharz en el Cairo (1851); la demostración del ciclo vital al Dr. Robert T. Leiper en Egipto (1915) (Kloos H, David R, 2002).
[73] Se calcula que aproximadamente unos 20 millones de egipcios están infectados con el parásito (Rosalie David, 2.000).
[74] Las autoridades sanitarias egipcias, muy concienciadas, informan a los escolares sobre las medidas de higiene profilácticas y terapéuticas de mayor eficacia (información personal).
[75] Durante 10 años el gobierno egipcio ha invertido 40 millones de dólares en un plan de erradicación (“Schistosomiasis Research Project”) en colaboración con la Agencia Internacional del Desarrollo de EEUU, científicos de diversas universidades egipcias y americanas, mediante el que se han ejecutado planes eficaces de prevención, diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. (Rosalie David, 2000).
[76] La recuperación de numerosas conchas fosilizadas del género “Bulinus” en los muros de las casas, en canales, en el Oriente Medio (4000 a. C. – 300d. C.), implica que los sistemas de abastecimiento de agua eran apropiados para los sitios de transmisión de la esquistosomiasis en la antigüedad. (Malek EA, 1958; Malek E.A, 1975). [77] Realmente son muy escasas las noticias que se tiene de la vida diaria del campesino egipcio; sin embargo, sí se puede deducir como producto de la observación de la imágenes ribereñas, de las viviendas; de las costumbres remanentes del pasado faraónico que todavía el viajero puede vislumbrar desde la borda de las motonaves, fundamentalmente, las que atañen al manejo del agua.
[78] Kloos H, David R, 2002.
[79] El daño en la vejiga es más frecuente en la variedad del E. Haematobium.
[80] Como ejemplo está el tejedor Najt (ROM I) con invasión de hígado, intestinos y riñones por huevos calcificados. (Mollet NB, Hart GD, Reyman Th A et al, 1980).
[81] Véase la traducción del párrafo 62 del papiro de Ebers en página 20 del artículo de: (Brier B, 2004).
[82] En Bardinet 1995; se dice que es un error heredado frecuente de interpretación que procede de un error de traducción. Cuestión compartida por J F Nunn en la página 91 de su libro (JF Nunn, 1996).
[83] Tratado de Gastroenterología Bockus p.4697.
[84] Filer J, 1995.
[85] Nunn JF, 1996.
[86] Bardinet es de la opinión de que no hay descripción de la hematuria en los textos médicos faraónicos, y que tal vez, el significado de unas orinas teñidas de color rojo en un país donde la enfermedad era endémica y antiquísima podría tener un simbolismo espiritual-religioso muy cercano al dios Seth. (Bardinet Th, p. 57, 1995).
[87] El daño hepático es más frecuente en el parásito E. Mansoni.
[88] Cita que RL Miller en su artículo publicado en Medical History, 1991; se hace otro estudio publicado en: (VL Ongom et al, 1972).
[89] A mi modo de ver, más bien parecen hombres herniados sin más, y por tanto, resulta un tanto forzada la interpretación de las imágenes en tanto que el aumento del vientre ascítico es mucho más evidente en estos enfermos cirróticos que en las imágenes que el representa en su libro: (Ghalioungui P, 1973 pp. 85-7).
[90] Brier B, (2004).
[91] Se especula de un párrafo del papiro de Ebers (875) donde se explica como extraer con un artilugio el parásito- hembra preñada cuando ésta aprovechando el tobillo sumergido del huésped en el agua abre a través de la piel una herida para desovar (Nunn, 1996).
[92] Nunn JF, 1997.
[93] Sorprendía a los investigadores el peso extremo de los cráneos de la hiperostosis (engrosamiento de la cortical del hueso según el Diccionario terminológico de Ciencias Médicas, Salvat, 1979) y por los cambios poróticos a la compensación de aquéllos a la anemia que la ruptura del parásito ocasiona en el hematíe. Los test inmunológicos positivos para el paludismo en este tipo de anomalías óseas es algo más que una pura coincidencia.
[94] Brier B, (2004).
[95] Basado en este sistema se está usando el ParaSightTM-F test. Este sistema ha dado una positividad de reacciones en un 7-8% de momias egipcias que de 1500 a 5000 años de edad (Aufderheide AC, p.238, 1998).
[96] Sobre el tipo de bacilo de la tuberculosis primitiva y la forma de contagio existen todavía controversias que a buen seguro se resolverán con las modernas técnicas en biología molecular (Wojtowietcz JH, 2003).
[97] Nerlich AG, Haas Ch J, Zink A et al., 1997.
[98] AR Zink, W Grabner, U Reischl et al. (2003).
[99] Crubézy Éric, Ludes B, Poveda JD et al, 1998.
[100] El citado autor examinó a una momia de un sacerdote (Nesparehan) de la XXI dinastía con la misma afección en la columna (Ruffer MA, 1921).
[101] Waldron H, 2000.
[102] Quizá fuera la primera referencia escrita de la malaria o tal vez de la famosa peste provocada por la bacteria de la Yersinia transmitida desde las pulgas de las ratas a los humanos. La escritura jeroglífica “iadet” se completa con el ideograma de la lluvia Lluvia caída del cielo, como si la citada estuviera relacionada con el advenimiento de aquélla o de la llegada de la inundación anual que promovía una multitud de cambios en las riveras. Entre los cuales estaban la construcción de acequias y canales de regadío. Un magnetismo para una enorme población de mosquitos vectores de la enfermedad. (Brier B, (2004)
[103] Muchos egiptólogos con notables excepciones (Goedicke y Aldred) han insistido en que no hay pruebas sobre ello (Kozloff AP, 2006).
[104] La profusión de estatuas dedicadas a la diosa Sejmet durante el reinado de Amenhotep III en opinión de algunos autores se debiera a razones apotropaicas o invocatorias contra una serie de plagas de peste bubónica que por entonces acontecieron (Kozloff AP, KMT, Fall 2006). Como testimonio escrito se recuerda también que la Peste fue una plaga asoladora que con periodicidad diezmaba trágicamente la demografía de la humanidad, Egipto no tuvo por qué ser una excepción; de hecho los bubones secundarios a las inflamaciones desmedidas de los ganglios linfáticos recuerdan con mucha familiaridad a la descripción del “Tumor de Jonsu” que se cita en Ebers 877 (Bardinet 1995, p. 372) “Si tú encuentras en las axilas, en los brazos, en el bajo vientre o en los muslos que hay pus, no deberás de preparar alguna cosa en relación a ello…”.
[105] En (Zink A et al, 2001 se cita a Jorgen AL et al, Immunity to tetanus and diphtheria in rural Africa, Am J. trop. Med Hyg., 56: 576-579, 1997).
[106] Von Deines and W Westendorf, VII, 1961, pp.244-245.
[107] Reciben estos escritos el bello sobrenombre de: “Libro de protección de la madre y el niño”.
[108] Erman, A., 1901.
[109] En Ramesseum III (B, 20-23) se nombra la enfermedad “baa” en una fórmula mágica durante la cual la sustancia que se aplica se coloca en el cuello del niño: (página 470 del libro de Bardinet, 1995).
[110] En Ramesseum III (B, 23-24) se expresa igualmente una oración mágica que sale de los labios angustiosos de la madre Isis invocando la protección contra el mal “baa” que dio lividez (¿cianosis?) a los labios del infante Horus. Si aquél entró por la boca del niño del pecho de la madre Isis al amamantarlo, es la diosa quien se encarga de enseñar a las madres con su angustiosa experiencia el procedimiento para expulsar el elemento nocivo cuando éste afecte a su vez a los suyos.
[111] El desarrollo de las técnicas de amplificación del ADN ofrece una oportunidad para investigar la incidencia y la prevalencia de las enfermedades infecciosas en las poblaciones antiguas. Mediante estos estudios se han podido analizar e identificar el ADN bacteriano de la tuberculosis, lepra, malaria, etc. (Zink A, Reischl U, Wolf H, 2000).
[112] La constatación de material genético infeccioso procedente del germen de la difteria es una prueba irrefutable (Zink A. et al, 2001).
[113] El análisis con microscopio electrónico de fragmentos de las pústulas sin embargo no evidenció el virus de la viruela (Poxvirus) donde es frecuente encontrase abundantemente. Otros estudios inmunológicos y virológicos tampoco corroboró la infección. (Zuckerman AJ, 1984).
[114] Isidro Albert, Malgossa Assumpció, Cap.20, 2003.
[115] Flinders Petrie encontró una momia ahora en el Museo Arqueológico de la Universidad de Pensilvania, con una caña al lado de su cuerpo de 120 centímetros que le pudo ayudar para caminar; el fémur izquierdo era 8,2 centímetros más corto (Hamada and Rida, 1972).
[116] Miller R.L, 1991.
[117] La enorme cantidad de horas de trabajo invertidas por los obreros de Deir el Medina en los ambientes penumbrosos de las tumbas reales era el equivalente al descrito en los mineros u otros trabajadores en idénticas condiciones (si bien los tiempos de trabajo aunque intensos en actividad serían cortos en duración). Los problemas más frecuentes en estas circunstancias son una mala adaptación a la luz normal, movimientos rápidos oscilatorios o laterales de los globos oculares (nistagmos) y fotofobia. (D. Hunter, The diseases of occupations, 6th ed., London, Hodder & Stoughton, 1978, i: 499); obra citada por R.L. Miller, 1991)
[118] R.L. Miller, 1991.
[119] Walker R, Parsche F, Brierbrier F et al, 1987.
[120] Eugene V. Boisaubin, 1988.
[121] Miller R, Callas DD, Kahn SE et al, 2000.
[122] Shattock SG, 1909.
[123] Reginald Magee, 1998.
[124] Shattock SG. Microscopic sections of the aorta of King Mernephtah, Lancet; 1: 319, 1909.
[125] Ruffer estudió un número importante de momias mayormente del Imperio Antiguo. En una momia de época más tardía (28-30 dinastías) se pudo comprobar placas de ateromas en las carótidas y en la arteria subclavia izquierda, en las iliacas comunes y en las arterias periféricas; él llegó a la conclusión que, sin embargo, la momia no era de una persona de edad. La momia que tenia cincuenta años cuando el fallecimiento, tenía ateromas en la aorta y en las arterias braquiales. En 1931, Long, describió la momia de una mujer de la XXI dinastía encontrada en Deir el Bahari que murió a los cincuenta años; el corazón mostraba la calcificación de una válvula mitral, engrosamiento y calcificación de las arterias coronarias dentro del panorama de una arteriosclerosis sistémica. Cambios similares observó Sandison en los años sesenta del siglo pasado. Más recientes y más sonados son los trabajos publicados de la momia PUM II (Museo de la Universidad de Pensilvania), alojada actualmente en “National Museum of Natural History at the Smithsoniam”, seguramente del periodo ptolemaico, de ella se encontraron fragmentos de aorta y corazón en la cavidad abdominal; lo sorprendente es que las arteriolas de pequeño calibre estaban también afectadas; el individuo tendría entre treinta y cinco y cuarenta años. (Eugene V Boisaubin, 1988).
[126] Eugene V. Boisaubin, 1988.
[127] Muchos de los ejemplos eran lesiones múltiples osteolíticas (pérdida de hueso) y otras osteoblásticas (aumento de hueso). Los autores siguiendo modelos matemáticos y estadísticos del esqueleto validados para una muestra poblacional inglesa (1901-1905) indican que el porcentaje de tumores no era estadísticamente diferente a las poblaciones occidentales de cien años atrás (Nerlich AG, Rohrbach H, Bachmeier B, Zink A, 2006).
[128] Es el caso de un carcinoma nasofaríngeo (Strouhal E, 1992) en un espécimen del cementerio cristiano de Sayala (Nubia). También existe un caso de la V o VI dinastía del cementerio de Naga ed Deir con lesiones múltiples osteolíticas en el esqueleto por una enfermedad de Hand-Schuller-Christian. Ejemplos de cistoadenomas ováricos, adenomas hipofisarios, pólipos del cervix uterino, y un famoso osteocondroma descrito por Smith, Dawson y Brothwell en el tercio inferior de un fémur (Capasso L, Constantini RM, 1994).
[129] Un tumor benigno de origen nervioso que se localiza especialmente en las vainas de los nervios próximos a la espalda y en los nervios craneales (Diccionario Espasa Medicina).
[130] Strouhal E and Nemecková A, 2004.
[131] David R, Archbold R, 2000.
[132] Con destrucción del paladar duro, suelo de la órbita derecha consumidos por un tumor de partes blandas de la región nasofaríngea. El esqueleto se encuentra en el Lowie Museum of Anthropology de Berkeley-California (Strouhal E, 1978).
[133] Strouhal E 1992.
[134] Hawass Z, 2007.
[135] Dícese de un parto que no trascurre con normalidad (Diccionario Espasa de Medicina).
[136] Aufderheide AC, Rodríguez-Martín C, 1998.
[137] Existe una bien documentada descripción de las lesiones traumáticas en el mundo laboral del Antiguo Egipto en: RL Miller, 1991.
[138] De lo que el papiro de Edwin-Smith es el auténtico paradigma: B. Brier, (2004).
[139] RL Miller, 1991.
[140] Para obras de tal magnitud se necesitaba una administración estable y bien estructurada, de personas que abastecían de agua y alimentos; del reclutamiento de la fuerza de trabajo, de una siempre y bien provista red de distribución y de despensa de alimentos, para su conservación; y del personal exclusivo para su preparación (cocineros, panaderos, etc.) y para la construcción del alojamiento para cientos de obreros y artesanos.
[141] En algunas inscripciones encontradas en canteras se citan nombres de médicos con sus títulos (“jefe de médicos”; “médico de la expedición”) que sugieren que se hacía cargo de la salud de los expedicionarios. (RL Miller, 1991.
[141] En el interesante artículo de Lull y Requena se observa la preocupación del estado del cuidado de la creación de campamentos estables en zonas mineras de lugares inhóspitos y de pozos o reservas de agua imprescindibles para la supervivencia durante muchos meses. (José Lull y Ángel Requena, 2004.
[143] RL Miller refleja en su cita de (M. J. Toole y R. J. Waldman, An analysis of mortality trends among refugee populations in Somalia, Sudan and Thailand, Bull. WHO, 1988, 66: 237-47) que la muerte era cercana a la mitad de la mano de obra reclutada, en aquellos tiempos, bajo una administración incompetente, debió ser brutal.
[144] (Hamada and Rida, 1972).
[145] Toole and Waldman, aportan el testigo de una estela encontrada en Wadi Hammamat recordando una expedición a una cantera de piedra en el desierto acontecida en el año tercero del reinado Ramsés IV. La estela registra una mortalidad de 900 muertos de un total de 8.368 expedicionarios; una mortalidad de 10-11%; como dato que incluir, se registraba además que la provisión de agua era muy escasa y fue un problema acuciante. Véase más datos en (L. Cristophe, 1949). Seguramente los vientos cargados de arena o por el picado de la roca hacía que en estos individuos se acrecentara la silicosis. A lo que se sumaba la postura, siempre de rodillas, en la que trabajaban de continuo; en quienes las vértebras adoptaban severos cambios degenerativos donde las fusiones y escoliosis vertebrales eran muy acusadas, y por tanto, origen de dolores severos; y deformidades de la espalda en hombres todavía en plena juventud.
[146] El examen de los esqueletos reveló que eran muy frecuentes las fracturas de los huesos del antebrazo, especialmente del cúbito izquierdo al utilizarse esta parte anatómica como protección contra los golpes que irían a la cabeza; algunas con aceptable corrección. Las fracturas de los extremos de los huesos largos y las del cuello de fémur presentaban un cierto grado de deslizamiento y como consecuencia acortamiento del miembro, considerable deformidad, defectos de consolidación y dislocación traumática de cadera. (Hamada and Rida, 1972).
[147] En algunas series de esqueletos examinados, las fracturas eran muy comunes, sobre todo entre los adultos; en los hombres lo era tres veces más que entre las mujeres. En ellos aparecen buenas consolidaciones de los focos de fractura sin excesiva deformidad o pseudoartrosis (falsa consolidación) si se exceptúa el fémur (Strouhal E, 1992).
[148] William A. Wagle, 1994. Recientemente (julio del 2007) la prensa se ha hecho eco del estudio por científicos de la Universidad de Mánchester de otra prótesis muy similar en el Museo de El Cairo que pertenece al pie de una momia datada entre el 1000-600 a. C.
[149] O Anquilosante: una variedad de artritis reumatoide de menor incidencia de la columna que afecta a los varones con preferencia, produciéndoles dolor intenso y rigidez (por fusión de las vértebras entre si) como resultado de la afectación de éstas y fundamentalmente las sacroilíacas (Diccionario Espasa de Medicina, 1.999).
[150] Para mayor información se dirige al lector al libro de Smith (1912; reimpreso en el 2000); un pionero en el estudio de las momias reales.
[151] Se cuanta que los momificadores tuvieron que romper la columna cervical para enderezarla correctamente en el ataúd. La fractura en C5-C6 se puede observar en una radiografía lateral del cuello de la momia del monarca. (Harris JE, Wente EF, 1980).
[152] Rethy K. Chhem et al, 2004). Los autores dudan que después de las pruebas radiográficas realizadas (1973, París) en la momia de Ramsés II que éste tuviera realmente una espondilitis anquilopoyética. Según su opinión no reúnen criterios radiológicos convincentes. Suponen que el diagnóstico diferencial se debería hacer con otras alteraciones, por lo que aconsejan para su confirmación la realización de nuevas exploraciones. Esta cuestión ayudaría a precisar, ampliando el estudio de manera sistemática al resto de los hallazgos que en el futuro se vayan encontrando o de los ya conocidos desde la imagen como desde la genética (HLA), para constatar si la anquilosis era tan frecuente en el Antiguo Egipto. La columna cervical del faraón sí presenta una osteofitosis pero sin fusión de las vértebras y en las articulaciones de la cadera más en consonancia con una “Hiperostosis difusa idiopática” de mayor incidencia plausiblemente entre poblaciones nubias, aunque este detalle no esté todavía confirmado.
[153] Oportunidad que convendría tener en cuenta porque del estudio analítico de su cuerpo se podrían extraer datos relacionados con la enfermedad, y añado de carácter genético, al no haber sido aquél sometido por la radiación a la que su progenitor fue sometido. (Feldtkeller E et al, 2003).
[154] Feldtkeller E et al, 2003.
[155] Feldtkeller E et al, 2003.
[156] Nerlich A, Zink A Hagerdorn et al, 2000.

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