Mito, magia, observación y experiencia: los fundamentos de la enfermedad en el antiguo Egipto

Manuel Juaneda-Magdalena GabelasEnero de 2001

“He hecho cuatro cosas perfectas en el interior de la puerta del horizonte.
He creado los cuatro vientos, para que el mundo pueda respirar en su entorno.
Eso es una de ellas.
He creado la gran inundación, para que tanto el pobre como el rico se apodere de ella.
Eso es una de ellas.

He creado a todo el mundo igual a sus semejantes y no he ordenado que cometieran injusticia.
Pero sus corazones han violado lo que yo ordené.
Eso es una de ellas.

He hecho que sus corazones no olviden el Oeste para que les sean hechos sacrificios a los dioses de los nomos”.
Eso es una de ellas.

(CT VII 462d-464f) (1)

 

“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios”

(Ev de San Juan)(2)

 

La noche inmemorial llenaba el espacio inexistente sin que conciencia alguna mostrara su extrañeza por semejante paradoja. La conciencia del Ser latente en el seno de las aguas habitaba en infinitas partículas: elementos participantes y constituyentes de un universo en ciernes. El silencio de las aguas primigenias, quietas, sin ondas, sin la influencia del viento, sin la gravitación de los astros, albergaba en paz mudas y celosas el secreto de la Creación que sólo ellas sospechaban.

El tiempo aún no había iniciado el instante cero de su cuenta al infinito porque todavía era un concepto extraño y ajeno, sin esbozar, en el pensamiento del Organizador. Sólo el caos, sin la medida sin la temporalidad sin la regla, dinamizaba el movimiento caprichoso de las partículas primitivas, oscilantes en el mar eterno. Un baile “browniano” sólo inteligible para el Demiurgo durmiente.

Nada parecería sospechar los cambios que se gestaban en aquel mundo de aguas eternas que principiaban ahora a configurar sus enlaces de materialización por fin perdurables. Las moléculas en disolución buscan afanosamente aglutinarse hasta la protomateria, cuando un suspiro antes rehuyeran el encuentro. La ligazón es cada vez más intensa y estable, la coagulación se manifiesta -¡ya!- en el momento en que el Hacedor vierte de su corazón la idea que deposita en la lengua, órgano de la Creación; la voz imponente sobre la noche eterna sin nombre, el verbo de la Creación. Y cuando la precipitación de las partículas se afianza ahora más fuerte, la tierra seca en su esencia se alza por fin emergente y triunfante de entre las húmedas entrañas del vientre del Nun, marcando por primera vez, el ritmo de un nuevo nacimiento a un Orden Nuevo, temporal, reiterativo, y ya por fin cíclico. Y el instante se recreará periódicamente cuando anualmente las aguas inunden las márgenes del nuevo mundo. La creación y destrucción se alternarán eternamente, incansables. Ya es hora de que la Luz se haga y que los hijos divinos de su emanación cobren conciencia.

La contemplación anual de la inundación provocaría en el ánimo del hombre egipcio el recuerdo del relato de la Cosmogonía. La destrucción de las lindes en los campos, de los sistemas de irrigación, de las albercas, introduciría en sus mentes los relatos de estas historias antiquísimas. Las leyendas sobre un mundo de agua, supondrían un retorno a aquellas umbrosas épocas donde se principiaba el balbuceo de la existencia.

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La anegación de los campos y de las riberas y el descenso posterior de las aguas, que depositaban el limo fertilizante sobre las tierras recientemente liberadas. No era, no podía ser otra cosa, que la lucha eterna del mito de la creación y su victoria sobre el desorden y la anarquía. El hombre sobreponiéndose con el genio, el gesto y la palabra habría de devolver el equilibrio según el camino que el rito de la Creación le habría enseñado, desafiando las leyes de la entropía que llevaban inexorablemente a la perturbación.

La lucha entre ambas fuerzas enfrentadas, de fertilidad y esterilidad, de creación y aniquilamiento, dramatizadas anualmente, y el triunfo de las fuerzas positivas de regeneración, promoverían un sentimiento de alerta y a la vez de sobrecogimiento religioso; pero al final, el temor por la iniquidad del amenazante caos, despertaría una actitud de prevención mantenida, secular, muy afín al pensamiento religioso del hombre egipcio. Porque él sabía sobradamente que vivía en el “filo de la navaja” entre el “Paraíso” y el perimundo acuático del que saldrían agentes demoniacos quienes lo mantenía siempre al acecho, siempre en sobresalto, en actitud cavilosa.

Así mismo, la concepción metafísica y teológica de su universo, la integración de su protagonismo como elemento estrella le hacían renegar del horror al aniquilamiento del ser, a la muerte real por cuanto significaría la caída al abismo del No-Ser, al abocamiento de lo que nunca existe(3).

El hombre engendro de la creación fruto del orden establecido por el Demiurgo, era víctima como la propia naturaleza a caer doblegado por los agentes nocivos, potencias demoniacas, residuos del caos anterior que habitando perennemente en su entorno natural, consecuentemente, romperían el inestable equilibrio, el armónico trasiego, la distribución de los humores, y del soplo vital dentro del cuerpo humano. Ésta precariedad podría ser momentánea, recuperable, o inversamente, devenir en un estado de no retorno hacia la irreversiblidad o la muerte física.

“(…)El interior del hombre tiembla como consecuencia de lo que viene de fuera” (Eb 855)(4)

Deberíamos desechar la idea de que el hombre egipcio vivía en un mundo ideal, organizado sin esfuerzo. Él era consciente de su lucha día a día, continua, contra todo fenómeno conceptualmente perturbador. En los mitos reside uno de los pilares filosóficos de la enfermedad, una abstracción nada desdeñable en un pueblo de lenguaje muy práctico y definido. Gracias al Mito y a la observación durante milenios, coherentemente utilizados al servicio del entendimiento y de su sentir de la dolencia, conseguirían abordar la enfermedad con una medida y sensatez nunca conseguida hasta entonces por ningún pueblo colindante.

No menospreciemos pues el éxito intelectual adquirido. Ellos establecieron los fundamentos “fisiológicos” o “fisiopatológicos” sobre cimientos enterrados en la Cosmogonía Egipcia. Tampoco optemos por una actitud de soberbia, de falsa comprensión, de irónica sonrisa afianzada en la racionalidad de nuestro pensamiento científico, porque escribieran sobre la efervescencia de ciertas fuerzas del mal, o de una miríada de agentes díscolos y siniestros promotores de enfermedad, cabalgando sobre vientos funestos lanzados por un dios, una diosa, un muerto, o una muerta; o el mismo hechizo de un humano despechado, celoso o vengativo, o demasiado ambicioso.

Desdichadamente no disponemos ya a nuestro alcance los compendios del saber médico que el propio Clemente de Alejandría aseguró contenían las materias médicas de la época. Célebres papiros, añosas y extraordinarias reseñas tal vez un tanto inconexas y confusas copias de textos mucho más vetustos, nos han permitido vislumbrar algunas chispas del ingenio y de la sabiduría, que en su día, atrajo y deslumbró al naciente mundo griego.

En alguna época incipiente de la historia faraónica los intercambios de los conocimientos se sucederían fluidamente entre los encargados del embalsamamiento y el práctico de la medicina. El médico debió ante la tentación de romper el pacto sagrado, tácito, de no profanar el cadáver; de buscar los conocimientos anatómicos en las cavidades donde las vísceras de los animales sacrificados, les ayudarían a suplir en virtud de su semejanza con las humanas, tanta dificultad.

O tal vez, aprovecharía la experiencia aportada eventualmente por los accidentes resultantes de la vida laboral o de las acciones bélicas, o bien de los prisioneros extranjeros o, porqué no, fruto del atrevimiento de algún osado maestro, un pionero, que amparado en la clandestinidad del templo o de la Casa de la Vida, bien pudo desvelar los secretos del interior del cuerpo humano. ¿Quién sabe? Pura especulación.

Precisamente esa semejanza anatómica de las vísceras animales y humanas sumada al prejuicio descrito devino en una descripción del cuerpo humano muy “sui generis”. Es fácil comprender porqué representaban las partes blandas toracoabdominales con la fisonomía animal mientras qué las referencias anatómicas externas eran morfológicamente humanas. ¿Era una necesidad religiosa de respeto a la fisonomía humana, de una mera convención gráfica o la necesidad de “guardar la ropa” y respetar el tabú sagrado, porqué de ninguna manera ni siquiera cómo justificación de la representación, se debería pintar lo sagrado y recóndito del cuerpo tal cómo es verdaderamente?.

En realidad, los desórdenes internos se explicaban por anomalías sustentadas sobre una anatomía muy simple, general y apenas bosquejada, ciertamente, pero útil y práctica. Diversos autores han discutido sin apenas hallar nexos de coincidencia, conceptos desperdigados por doquier en las fuentes papirológicas que hasta nosotros han llegado.

En el famoso papiro de Ebers se describe en el no menos conocido “Tratado del corazón”, los primeros indicios de un sustrato anatómico vestigial. Indudablemente, gracias a la hábil y bien ejercitada dote de observación, el práctico egipcio, descubrió muy tempranamente a primera vista la red venosa subcutánea unas veces dilatada u otras constreñida bajo la influencia térmica. Esta red rica y ubicua, mostraría el camino hacia una teoría elaborada de los conductos (“Met o Metu”) (4).

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Los conductos surcaban abiertos y radiales conectando los orificios naturales, extremidades y periferias, simulando trayectos vasculares que remedaban de lejos un moderno sistema circulatorio con el que, eventualmente, coincidirían con la topografía moderna. Si lógicamente estas estructuras conductoras no poseyeran luz (macizas), hubiera sido harto difícil que cumplieran la necesaria función de transporte o transmisión de gases y fluidos vitales a su través. Y por tanto, de acuerdo con Bardinet(4) hemos de huir de otras teorías afianzadas en la costumbre, (Breasted, Grundriss VII, Jonckheere; Lefebvre)(5); de concebirlos como estructuras polimórficas y multifuncionales (vasos, ligamentos, músculos, etc.) imputables, con toda probabilidad, a errores de traducción o a malas interpretaciones basadas entre otras en la lectura del caso Nº 7 del papiro de Smith:

“En cuanto a la expresión la cuerda de la mandíbula está anudada, se trata de una dureza de los conductos-met que están en los dos ganchos (de la mandíbula) fijados al hueso temporal, es decir a las dos extremidades de la mandíbula…” (Smith 3, 16-18). (4)

Muchas enfermedades dominando el campo de batalla de esta red de túneles provocaban diferentes fenómenos nosológicos a cuál más curioso. Son muchas las referencias en los papiros médicos a taponamientos u obstrucciones; reducción de su número asociado a la vejez; torsión; acodamientos; rigidez. Todo provocaría innumerables malfunciones de índole diverso imposibilitando o entorpeciendo la libertad de paso del “soplo vital”-verdadero alimento para los hombres y los dioses simbolizado por el símbolo anj– hacia el interior del organismo en donde los líquidos atrapados en el corazón, metáfora de la inundación anual, explicaría enfermedades internas de tipo digestivo o arritmias cardiacas.

Por tanto, la metáfora de la inundación anual plasmada en la anatomía de los “metu“, serviría para entender los conceptos como humedad, sequía, calor o inundación de las diferentes regiones y su “modus operandi”, según el predominio de cada una de ellas sobre las demás. Algo que tendrá futuras resonancias en las teorías humorales en la medicina grecolatina y medieval.

De este modo, estas teorías darían sentido a la entrada masiva de un mal aire, viento muy frecuentemente personalizado en “la señora de las plagas”, Sejmet- la que se enseñoreaba del pais de las dos riberas con su maligno aliento- que daba lugar al desplazamiento de fluidos a zonas alejadas del corazón hacia la periferia; sin humedad y sin refrigeración, el circuito se calentaría sobreviniendo un cuadro febril y fuertes estremecimientos.

Pero no se engañe el lector, porque esta ley de pugna hidrodinámica, no sólo debía seguir la obediencia de las leyes de la física, por otra parte tan carentes de conciencia maléfica. La sencillez es solo aparente pues había alguien más, unos seres (materias vivas) que alentaban estos cataclismos. Más ni la inercia ni la mecánica residían en su intención, más bien el aliento envenenado, intencional, depravado, maligno, los dotaban de capacidad consciente de hacer el mal o de turbar el cuerpo o el espíritu del hombre esclavo de la aflicción.

Entre ellos deberíamos reseñar: los “Deheret”, de procedencia externa al igual que los “Ujedu” quienes proceden de los “aaa” líquidos malignos y pestilentes que a su vez se manifestarían como gusanos; pero también, se podría citar a los “Setet” a los que habría que expulsar antes que matarlos, pues su propia muerte podría ser motivo de transformación en males mayores (vermes)(4).

“Otro remedio para matar a los Ujedu y echar los líquidos aaa de un muerto o de una muerta que está en el interior del cuerpo de un hombre o de una mujer” (Eb.99).

A veces la mismísima sangre podía tener un comportamiento destructor similar a los elementos referidos, si era animada (¿contaminada?) por vientos que entrados en el interior la trasmutaban en algo maligno(4).

“La sangre que come” (Eb. 592-602).

Y eso acontecía cuando no cumplía con su propiedad inherente de unir o ligar los elementos vitales y constructivos que estructuran el organismo.

Las aguas del Nilo -residuos de las primordiales- llevaban en su esencia los principios constituyentes de toda la totalidad de la Creación. E igual que el campesino cuando deposita el trigo en la tierra no es él quien la fecunda, sino la semilla que los reúne porque aquéllos ya estaban desde el principio de los tiempos en el seno de las aguas primitivas. La sangre pues, en condiciones “fisiológicas”, debe cumplir igualmente con la facultad de atar, hilvanar o suturar los elementos constituyentes del organismo, sino de lo contrario, se produciría la consecuencia inversa: la desunión, la fragmentación; en definitiva: la enfermedad.

Y aquello que une, en condiciones “patológicas” se convierte en un demonio que descompone, desmorona, como el cadáver cuando inicia la licuefacción antes de su cambio en putrílago y antes de que inicie los momentos de la desmembración. Es ella también quien se encarga de reunir en el ambiente materno, la esencia material fértil de la embarazada con la simiente procedente del hueso del varón, con el contubernio del dios Jnum que bendice su catálisis.

¿Acaso estos seres ominosos, impuros, no procedían de lo más recóndito del ser humano, del interior de sus propias entrañas liberándolos mezclados con sus propias inmundicias?. Quienes moraban entre la inmundicia y salían de ella -pensarían- debían ser las consecuencias de la descomposición del o de los alimentos retenidos por los excesos de la buena mesa o por otras interferencias extrañas que los dotaban de alma.

El mismo Herodoto (II, 77) y Diodoro (I, 82) en sus escritos recordaban que el egipcio era un hombre muy dado a purgarse con ricino o a introducirse enemas purificadores periódicamente durante los tres días consecutivos de cada mes(5).

Se ha hablado y polemizado largamente sobre el sentido del “haty” e “ib”. La vaguedad, la ambigüedad, son conceptos con los que, al parecer, se han definido ambos términos desde las versiones del Grundriss a Lefebvre(5). Las tendencias últimas tienden a considerar con elocuente cercanía con la interpretación literal de los textos, unas diferencias sustanciales con los autores citados(4).

Aunque tradicionalmente se encuentra una cómoda sinonimia, actualmente, Bardinet, Vycichl con sentido común, animan a la aceptación para “haty” de músculo cardiaco, en el concepto más visceral(muscular) del término, pues es él, el que ejerce las funciones mecánicas de sístole-diástole de bombeo y aspiración de la sangre y del soplo vital satisfactoriamente, y porqué no, en perjuicio del sujeto, en cuanto ayudaría a la diseminación de todos los elementos patógenos (nocivos), coadyuvando a la distribución de la enfermedad misma por la totalidad del cuerpo.

“Ib”, sería entonces, el equivalente a lo que está en el interior del hombre, la compleja red de comunicaciones de conductos y órganos internos formando todo un compendio bien estructurado: el relleno visceral (esplácnico) alojado en el espacio toracoabdominal; vasos sanguíneos, linfáticos, conducto torácico, tráquea, pulmones, intestinos, uréteres, vejiga de la orina, vesículas seminales, vías biliares… Pero tampoco el “corazón-haty” debía quedar marginado porque estaba incluido en su interior, y participaba con él del dipolo anatomofuncional hasta el extremo de estar sometido a su gobierno.

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En el interior(ib) se establecían conceptos tan fundamentales como la vida y la muerte porque cuando hablamos que el interior(ib) se reafirma, se debilita, o desaparece es que estamos explicando el concepto de salud, enfermedad o incluso la muerte misma. Y tanto es así, porque en él se manifestaba el milagro de la fuerza vital por lo que tiene de biológica pero también por lo que tiene de divina, pues tal es el lugar donde se juntan los soplos vitales y los líquidos mantenedores del ser.

Coherentemente el rito de la momificación de las vísceras no tendría otro sentido que el de mantener íntegros las partes más señaladas del interior(ib) para que sigan cumpliendo con su función “fisiológica”, y por ende mágica, (cardiocirculatoria, respiratoria y digestiva); restaurando y proveyendo a perpetuidad al difunto, del salutífero nuevo flujo vital auspiciado por los hijos de Horus, con la justificación de curarlo de la enfermedad, de la muerte real que no guarda relación con la biológica.

Otras enfermedades de índole interna se explicaban también a causa de los desórdenes establecidos en las relaciones entre el interior(ib) -visceral y en el corazón- haty. El predominio jerárquico del “ib” sobre el corazón- haty(como ya se dijo) establecía la norma “fisiológica” que se rompía cuando éste no respondía a las demandas de aquél o bien cuando el ib-interior sufría un trastorno global. En el asombroso párrafo con que se inicia el “Tratado del corazón” del papiro de Ebers 854 y su variante del caso Nº 1 del papiro de Smith (similar al de Ebers), se desvela el secreto escondido celosamente revelado únicamente ante los ojos de aquellos iniciados (El libro de los Secretos del médico)(4).

Se trata de un intento extraordinariamente logrado de descripción “fisiológica” en el terreno de la “cardiología” adornado con un lenguaje altamente poético. La certidumbre de como el corazón hablaba onomatopéyicamente en aquellos puntos extremos del cuerpo, y que solo la habilidad del médico sabía buscar mediante la palpación con sus dedos, debió colmar el ánimo y el orgullo de la medicina egipcia de la época. Supone pues, la constatación de un hecho evidente basado en la observación hacia lo más profundo del interior del cuerpo humano: la fuente de vida; donde la conciencia, donde los sentimientos, donde el pensamiento, donde las emociones y la rectitud, tenían la sede. A través del latido en cualquier parte o lugar de la economía humana se valoraban las oscilaciones del carácter humano y todo lo que albergaba de divino. Una idea que sobrevuela allende del reino de la fisiología.

“Cuando todo médico, todo sacerdote de Sejmet o todo mago aplica su mano y sus dedos sobre la cabeza, sobre el occipucio, sobre las manos, sobre el lugar del corazón, los brazos y los pies; es el corazón el que examina, pues todos los miembros tienen sus vasos y el corazón habla en los vasos de cada parte del cuerpo” (Eb.854a)(4).

Sería aventurado deducir que el médico egipcio tuviera conceptos avanzados de la anatomía y fisiología humana. No obstante, él diseñó un original trazado anatómico probablemente basado en la especulación y en la observación en grado sumo. Fue el verdadero antecesor que influyó en las escuelas grecorromanas (Cnido, Cos) y en el medioevo (Avicena), y posteriormente en el descubrimiento definitivo del español Miguel Servet (Siglo XVI) y de W. Harvey (Siglo XVII) del Sistema circulatorio humano.

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La “fisiopatología” vivió y se desarrolló en circunstancias paralelas. El concepto de un ente autónomo patógeno, provisto del hálito vital de procedencia exógena o endógena cualquiera que fuere su principio, sirvió para descifrar el porqué y el cómo de las enfermedades de ámbito interno. Un intento muy práctico que nos recuerda aunque torpemente, que las enfermedades podrían acontecer por un estado de posesión promovido por materias orgánicas contenidas largamente en el interior, y que una vez descompuestas se metamorfoseaban en vermes; a ello posiblemente ayudó la extremada incidencia de enfermedades parasitarias que por extrapolación inspiraron imágenes parejas. La observación en las materias fecales de helmintiasis, abundantes hasta el hartazgo, debió repeler hasta la náusea los estómagos de los antiguos habitantes del Nilo. Éstas observaciones influyeron enormemente en las escuelas médicas de Hipócrates, Celso y Galeno hasta casi nuestros días.

Se han hecho ímprobos esfuerzos en congeniar la identidad de las enfermedades descritas en los papiros médicos con las de la medicina contemporánea. Evidentemente no deja de ser un derroche de energía muchas veces inútil cuando no banal. Los médicos egipcios describían las enfermedades en sintonía con un sentido sintomatológico plenamente desarrollado, siguiendo una descripción prolija del detalle sindrómico, y de la enumeración del principio causal que lo desencadenaba. ¿Sería un craso error crear similitudes o paralelismos entre nuestros conceptos anatómicos y fisiológicos y los de ellos? ¿Cómo sino interpretaban la enfermedad? Merece la pena detenerse en comentar el párrafo que a continuación sigue:

“Cuando un cólera se desarrolla dentro del corazón-Haty es por una torsión de los conductos-met hasta los límites de la tráquea-pulmones y del hígado. En consecuencia, el hombre está sordo porque sus conductos-met están hundidos a causa de que la torsión los calienta.” (Eb.855d)(4).

El aire es el vehículo que el sonido usa para su transporte y el corazón-haty lo impulsa -tal como hemos dicho- a todo el interior visceral(ib) donde ha de llegar para que el hombre pueda escucharlo. Pero cuando el corazón lo busca con avidez en su beneficio restándolo de los conductos-met, todos los lugares del cuerpo se resienten de debilidad; la boca permanece muda y en su endeblez no podrá abrirse; la sordera haría acto de presencia y los sonidos jamás entrarán en lo más recóndito de aquel lugar donde mora el entendimiento, la percepción. Realmente una teoría genialmente bien elaborada para interpretar la sordomudez.

¿Sería pertinente ante la lectura de este sencillo texto, auténtica descripción, paradigma de la noción “fisiopatológica” a la egipcia del origen de la sordera (Acusia), establecer paralelismos con las teorías modernas culpables de la misma? Evidentemente, el sentido común es elocuente. La elección de un texto tan sencillo y elegido sin sesgo, permite expresar la inconveniencia de identificarlo con alguno de los tipos de sordera definidas por nuestros médicos contemporáneos. Así mismo, se podrían hacer idénticos juegos comparativos considerando que sus conjeturas, irían por senderos obligadamente y probablemente divergentes con nuestros conceptos modernos de la enfermedad.

El poder genésico de la palabra procedente de las épocas primigenias fue otorgado a los hombres por los dioses. Mediante el exordio, la entonación monótona o exaltada, recitada o musical, también con la recitación, se imploraría el remedio o el amparo del médico ante la divinidad como preámbulo de un tratamiento. Era pertinente y profiláctico adquirir la protección de la magia para quien iba a codearse con el mal, y el médico, podría verse “contaminado” por efluvios nefastos. Así que muchas veces debía recitar esta plegaria:

“O Isis Gran Maga liberarme, desátame de toda cosa maligna y roja causada por un dios por una diosa un muerto una muerta un hombre una mujer que venga en mi contra…” (Eb. 2).

Con el conocimiento del nombre secreto, o en ocasiones cómo no, con la amenaza o con la disuasión, se lograba repudiar los elementos productores del desorden orgánico o psíquico. Pero a la palabra íntimamente se le unía la magia. Los papiros de Turín y Londres nos legaron la fascinante narración de un cuento mítico de cómo la Gran Maga, la diosa Isis, sanó a Ra de la decrepitud y la senilidad que le atormentaba, al serle confiado el conocimiento del nombre secreto del dios. Sólo después de habilidosas artimañas, la diosa, logrará el alivio de los ardores que le acosaban.

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“Solo Isis, la rica en sortilegios, puede liberarle de este sufrimiento; ella conoce el eficaz encantamiento de las serpientes, pero exige antes conocer el nombre del dios, porque un hombre vive, si es llamado por su nombre” (Hornung)(1).

Así pues, el rito, la palabra, la magia, fuertemente se engarzan al fin de mutuo acuerdo para renovar y devolver al Osiris la parte interior-ib que en su día le fuera arrebatada por su hermano Seth, y que ahora, se otorgará póstumamente a su hijo Horus quien más tarde lo donará a sus nietos (Imset, Hapi, Duamutef y Kebehsenuf). De idéntica forma que la Magia y la Palabra acompañan a Ra en la barca solar; el médico empareja el arte y la ciencia de la curación aprehendida al socaire de la experiencia y la tradición, añadiendo a la palabra creadora, su instrumento: la magia, y como tal la inmediatez; y el deseo final del tratamiento: la curación. Y así se afianzan juntas en el acto de la curación querido por el médico y deseado por el doliente para que el “milagro” se ejecute al instante.

“Él dio la orden y surgieron los dioses”. Dice el “Himno a Amón” de El Cairo (4,2).

En la misma línea argumental hacemos referencia a este tratamiento:

“Otro remedio para las sustancias malignas que causan a la ceguera: ojos de cerdo cuya agua a ha sido quitada; galena auténtica: 1; miel fermentada, 1. Será triturado finamente y preparado en una masa, después echado en el oído del hombre hasta que esté perfectamente curado. ¡Haz esto y verás qué eficaz es! Entonces dirás como fórmula mágica:

“He traído esto que ha sido puesto en el lugar de eso de manera que la parte débil ha sido cambiada con la parte agresiva” (P. Vernus; Eb. 356).

La interpretación de este texto tan curioso y un tanto absurdo(*) afianza aún más la base mitológica de la enfermedad en el Antiguo Egipto. Para ello encontramos la necesidad de rescatar del recuerdo el famoso pasaje del papiro de Chester-Beatty Nº 1 siguiendo los pasos de Sauneron(4). Se relata el episodio de la venganza de Horus contra su tío Seth, cuando después de haber sido sodomizado por éste, en un destello de ingenio inspirado por su madre Isis, conociendo su afición desmedida por las lechugas, hace que aquél degluta su semen mezclándolo con ellas quedando -¡embarazado!- del dios Thot (según una de las versiones).

(*) Sorprenderá la existencia de una comunicación entre ojo y oído tal como describía el escriba egipcio. Invito al lector a que pose sus pulpejos sobre las sienes; al momento apreciará los latidos de la arteria temporal que se dirige hacia la región orbitaria. Probablemente -en mi opinión- el trayecto de la arteria se correspondería con uno de los “metu“, donde iría el tratamiento prescrito.

La interelación mágica entre los dioses Thot y Horus como dioses que protegen la salud de los ojos es bien antigua y viene testimoniada por numerosos cuentos y leyendas que la avala. Thot es al fin y al cabo, el encargado de restaurar la integridad del ojo de Horus. En el libro de los Muertos los capítulos 17 y 112 se describen las luchas feroces habidas entre tío y sobrino y la curación del órgano herido a consecuencia de la batalla(6):

“He reconstituido el Ojo (divino) después de que se hubo apagado en el día de la lucha de los Dos Compañeros”.

¿Qué significa eso? Se trata del día en que Horus combatió contra Seth, cuando éste arrojó inmundicias a la cara de Horus y cuando Horus destruyó los testículos de Seth. Sin embargo, Toth con sus dedos lo curó (capítulo 17).

La fuerza del ojo sethiano, y el cerdo negro lo es por razones de mito, compensaría la debilidad ocular. Y así debe hacerse en tanto que ésta propiedad potenciaría el tratamiento farmacológico ad hoc preciso al fin de paliar con un efecto sumativo los síntomas de la enfermedad. Una vez más la realidad del síndrome se aúna con el Mito y la Leyenda.

(…) Fue Ra quien le dio (la ciudad) como indemnización por la herida que había sufrido su Ojo, tras lo cual Ra le había dicho a Horus:
-¡Déjame ver qué ha ocurrido a en tu Ojo hoy!
Lo miró y entonces Ra dijo a Horus:
-¡Echa una mirada sobre ese cerdo negro! (…)

(Capítulo 112)(6).

No es difícil, muy al contrario, hallar tratamientos en las que la porción mágica se mixtura con la intrínsecamente terapéutica. Es aquí donde reside el error enraizado en nuestra cultura grecolatina de considerar el gesto o el arte de la curación como partes perfectamente separables de la fuerza de la magia.

¿Estamos alienando inconscientemente la realidad del pensamiento egipcio cuando defiende qué la verdadera acción terapéutica nunca tendría sentido sin el auxilio y la potencia creadora y totalizadora de la magia: su verdadera amalgama? De hecho, el papiro quirúrgico de Edwin Smith no deja de ser (casi) un extraño oasis de ausencia de fórmulas mágicas, ¿un espejismo de orden y de racionalidad? ¿Es el cumplimiento del deseo de lo que nos gustaría encontrar en el futuro, esto es la descripción sistemática de las enfermedades?. No nos debe extrañar por tanto que la relación lógica de causalidad entre el trauma y su resultado: la fractura, es tan evidente, que el médico no necesitaría del concurso de explicaciones recónditas o ignotas de seres asequibles únicamente por la imaginación. Entonces la perspectiva mágica necesariamente -y sin sorpresas- ha de estar relegada a la última página del papiro quirúrgico, casi desapercibida, cómo así es y es menester que así sea, porque el práctico no necesitaría de su concurso; le bastaría con su habilidad cultivada, repetida, ensayada hasta el dominio, y hasta el agotamiento sabiendo que la práctica y el transporte generacional de conocimientos era la idónea.

Mito, magia, observación y experiencia: los fundamentos de la enfermedad en el Antiguo Egipto

El papiro de E. Smith paradigma de la sistematización “cuasi” moderna de la visión artesanal y práctica de la medicina de todos los tiempos, nos apoya en uno de sus 48 casos (desafortunadamente incompleto) y curiosamente el último de la serie. No desmerecería ni un ápice la honra de verse incluido en un actualizado tratado de patología quirúrgica, tanto por la consideración de su terminología y el preclaro sentido con que plantea el diagnóstico, como por el pronóstico y el tratamiento; el cual de forma misteriosa el escriba dejó inconcluso permitiendo especular al traductor, la posibilidad de una interrupción repentina por alguna llamada urgente de un enfermo.

Caso 48: Un esguince en la columna vertebral.

“Si tu examinas a un hombre que tenga un esguince en una vértebra de su columna vertebral, tú deberás decirle: -extiende ahora tus piernas y flexiónalas de nuevo- Cuando él las extienda inmediatamente las contraerá a causa del dolor en la vértebra de la columna vertebral.”

“Entonces tú dirás un hombre que tiene un esguince en una vértebra de su columna vertebral. Una enfermedad que yo trataré”.

“Tú deberás colocarle echado sobre su espalda, después tu deberás hacerle…”

El escriba se interrumpe repentinamente. (7)

Huyendo de nuestros prejuicios científicos, abriendo nuestras almas a los modelos de la enfermedad tal como eran interpretados por los antiguos; es decir, enmarcados con la Magia, el Mito y la Creación (fenómenos intangibles), e iluminados con la experiencia extraída de la observación de la física humana y animal (fenómenos ponderables); el modelo seguido por el médico egipcio, no dejará de tener una gran coherencia incluso para nuestra mentalidad. Con todos estos ingredientes seremos capaces de acercarnos ya no sólo a la enfermedad sino también al mundo cultural que desarrollaron. Los médicos egipcios, de este modo, edificaron un sistema fisiopatológico, cómodo, práctico y sobretodo capaz; el cual sirvió para corregir sus dudas, solucionar sus enigmas, y aliviar los estigmas del sufrimiento que mostraban sus semejantes otorgando gracias también a la fuerte carga de empirismo, soluciones eficaces a problemas de índole algo más que sencillas.

Bibliografía

  • (1) Erik Hornung, El Uno y los Múltiples, concepciones egipcias de la divinidad, Editorial Trotta, S.A., Valladolid, 1999.
  • (2) Henri Frankfort, Reyes y Dioses, Alianza Editorial, Madrid, 1998.
  • (3) Manuel Juaneda-Magdalena Gabelas, “Paleopatología en Egipto: pasado y presente”, en Amigos del antiguo Egipto (1999).
  • (4) Thierry Bardinet, Les Papyrus médicaux de l´Egypte Pharaonique, Penser la medicine, Éditions Fayard, París, 1995.
  • (5) Gustave Lefevre, Essai sur La Medicine Égyptienne de L´Époque Pharaonique, Presses Universitaires de France, París, 1956.
  • (6) Elisa Castel, Egipto, Signos y Símbolos de lo Sagrado, Aldebarán Ediciones, S.L. Madrid.
  • (7) Gawad Hamada, Amin Rida, Orthopaedics in Ancient and Modern Egypt, Clinical Orthopaedic and Related Disease Research; 89(Nov-Dec), Alexandria, 1972.

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