Ameny: el narrador de cuentos

Andres Ayén – Julio de 2001

Desde la noche de los tiempos las sociedades humanas han gustado de explicarse historias, de contarse cuentos. El pueblo egipcio no fue menos y desarrolló una rica literatura oral para deleite del común de los egipcios. Literatura oral que conocemos gracias a que algunos relatos debieron gozar de gran predicamento y alcanzaron la gloria de ser inmortalizados por medio de la escritura.

sce-ameny-noiaAhora dejemos vagar libremente nuestra imaginación e iniciemos un viaje a través del tiempo trasladándonos hasta el Antiguo Egipto, hacia el año 1.174 a.n.e., durante el reinado de Rameses III. Son tiempos convulsivos. Unos desconocidos invasores avanzan hacia el delta provenientes del norte, arrasando, por tierra y mar, todo a su paso. Los egipcios les conocen con el nombre de “Pueblos del Mar”.

Pero sigamos nuestro viaje, dejando al faraón ocupado en sus preparativos bélicos de defensa, y desplacémonos una poco más hacia el sur, a una pequeña aldea situada en la zona occidental del delta, para conocer el objeto de nuestro periplo: Ameny, el narrador de cuentos. Nos uniremos a él y le acompañaremos a esa pequeña aldea cercana a la ciudad de Sais, donde realizará su narración al atardecer, cuando el disco solar, el divino Re, atenúe sus rayos y los lugareños puedan permitirse hacer un alto en sus quehaceres de cada día.

Ameny se situará bajo los protectores muros del pequeño templo de la aldea y hasta allí irán congregándose los aldeanos, adultos y niños, deseosos de escucharle, porque saben que Ameny es un hábil narrador que con su verbo conseguirá sumergirles en la historia y hacerles olvidar, aunque solo sea por un corto tiempo, sus trabajos y problemas cotidianos.

Todos van situándose ante él. Hoy les hablará de la historia de El Príncipe Predestinado[1]. Empieza la narración. Silencio.

“Érase una vez un rey (de Egipto) que no había tenido ningún hijo varón y rogó a los dioses de su tiempo que le concediesen uno. Ellos atendieron su ruego y tras yacer con su mujer ella quedó preñada. Completado el embarazo nació un hijo varón. Pero se presentaron las (siete) Hathores[2] para predecir su destino y dijeron:
– Él morirá a causa de un cocodrilo, de una serpiente o de un perro.

“El narrador realiza aquí una pausa para que la terrible profecía recale en el ánimo de los oyentes. Y prosigue.

“Las personas que estaban al lado del niño oyeron estas palabras y fueron a repetirlas a Su Majestad. El corazón de éste quedó muy triste y mandó construir una casa de piedra en el desierto, y destinó personal y todo tipo de cosas buenas de palacio, ya que el niño no debía salir de ella.”

Todos captan en sus corazones el significado de la piedra como elemento de construcción: Una mansión de vida eterna. Su padre, el faraón, para protegerle le ha “enterrado en vida”.

“El niño fue creciendo y un día, desde la terraza de la casa, vio un animal que seguía a un hombre por el camino y preguntó al sirviente que estaba a su lado:
– ¿Qué es eso que camina tras el hombre por el camino?
El sirviente le respondió:
– Eso es un perro.
El príncipe entonces dijo:
– Haz que me sea traído uno.
El sirviente repitió estas palabras a Su Majestad, quien dijo:
– Que le lleven un alegre cachorro para que su corazón no esté triste.
Y así se hizo.”

La sorpresa crece entre el público. El príncipe iba a convivir con un perro: ¡Uno de sus maléficos destinos! Ameny, como buen narrador, sabe que tiene cautivados y expectantes a los oyentes. Continua el relato.

“El tiempo fue pasando y el príncipe creció. Entonces mandó decir a su padre:
– ¿De qué me sirve que esté aquí inactivo, prometido al destino? Permíteme que sea libre para actuar según mi deseo, hasta que dios realice lo que está en su corazón.”

El silencio es total. El príncipe rechaza la protección de los muros de la mansión. Desea partir en busca de aventuras.

“Se equipó para él un carro con todo tipo de armas y se destinó un sirviente a su lado como escudero. Luego le hicieron cruzar el río al lado oriental y le dijeron:
– Ahora realiza tu deseo.
Su perro estaba con él y marchó hacia el norte, según le dictaba su corazón, por el desierto. Alimentándose de la mejor caza que allí encontró.
Esto es lo que él hizo hasta llegar al territorio del Jefe de Najarina[3]. Ahora bien, este Jefe de Najarina no tenía hijos, excepto una hija, para quien construyó una casa cuya ventana estaba a 70 codos (36,61 m.) del suelo. Mandó traer a todos los hijos jóvenes de todos los jefes del país de Jaru (Siria). y les dijo:
– Aquél de vosotros que logre alcanzar la ventana de mi hija la tendrá como esposa. Habían transcurrido muchos días y en estas ocupaciones se encontraban los jóvenes, cuando llegó el príncipe. Éstos llevaron al joven príncipe a su casa, le bañaron, dieron de comer a su tiro de caballos y tuvieron todo tipo de detalles con el príncipe; le ungieron, le vendaron los pies, alimentaron a su escudero y se interesaron por su procedencia:
– ¿De donde vienes, apuesto joven?
Él les respondió:
– Soy hijo de un funcionario de la tierra de Egipto. Cuando mi madre murió mi padre desposó otra mujer, pero como ésta me odiaba, decidí huir de ella. Entonces ellos le abrazaron y le besaron.”

La imaginación ya ha transportado a los presentes a ese país, para ellos misterioso, de Siria. E incluso alguno se identifica con el príncipe, que gusta de viajar de incógnito, como si fuese el auténtico protagonista del cuento.

El narrador sigue.

“Después de muchos dias preguntó a los jóvenes:
– ¿Qué es esto que hacéis?
Ellos le explicaron:
– Hace ya tres meses que nosotros estamos saltando, porque el que alcance la ventana de la hija del Jefe de Najarina la tendrá por esposa. Él les dijo:
– ¡Ah! Si no me dolieran los pies, yo iría a saltar como hacéis vosotros. Ellos se fueron a saltar, según su costumbre de cada día. El príncipe se quedó distante, mirando. La hija del Jefe de Najarina se fijó en él.”

Todos saben que tenía que ser así. El príncipe egipcio, protagonista del relato, no podía pasar desapercibido para la joven.

“Después de muchos días, el príncipe fue a saltar con los jóvenes hijos de los jefes. Saltó y alcanzó la ventana de la hija del Jefe de Najarina y ella le besó y abrazó todo su cuerpo.
Se fue a informar a su padre y se le dijo:
– Un hombre ha alcanzado la ventana de tu hija.
El padre se interesó e inquirió:
– ¿De qué jefe es hijo?
Le respondieron:
– Es el hijo de un funcionario de Egipto que vino huyendo de su madrastra.
Entonces el Jefe de Najarina montó en cólera diciendo:
– ¿Acaso daré yo mi hija a un fugitivo de Egipto? ¡Haced que retorne a Egipto!
Y fueron a decirle:
– Es necesario que te marches al lugar de donde has venido.
Pero la joven hija, aferrada a él, juró por dios diciendo:
– ¡Por Re-Harajti! Si lo apartan de mí, no comeré, no beberé y moriré en esta hora. El mensajero marchó y relató a su padre todo cuanto ella había dicho. Su padre ordenó enviar hombres para matarlo en el lugar donde se encontrara.
Pero la joven dijo:
– ¡Por Re! Si se le mata, antes de que se ponga el sol yo también estaré muerta, no pasaré viva una hora más que él.
Nuevamente se marchó a informar a su padre. Y éste mandó traer a su presencia al joven junto con su hija. Su dignidad impresionó al Jefe. Le abrazó y le besó en todo su cuerpo y le dijo:
– Dime, cual es tu condición, porque tú eres para mí como un hijo.
El joven le manifestó:
– Soy hijo de un funcionario de Egipto. Mi madre murió y mi padre tomó otra esposa. Pero ella empezó a odiarme y yo huí de ella.
Entonces le otorgó a su hija por esposa y le dió una casa y campos e igualmente ganado y todo tipo de cosas buenas.”

Los corazones de los oyentes se ilusionan y participan del triunfo de los dos protagonistas que con su amor vencen todas las dificultades.
Aquí, el narrador, realiza una inflexión en el tono de su voz, haciéndola más grave, para conseguir reintegrar al público al aspecto más sombrío de la historia.

“Después que pasaron muchos días, el joven príncipe dijo a su mujer:
– Estoy prometido a tres destinos: El cocodrilo, la serpiente y el perro.
Ella le respondió:
– Haz matar al perro que te sigue.
Pero él repuso:
– Sería una locura. Yo no ordenaré matar a mi perro al que he criado desde que era un cachorro.
Entonces ella se dispuso a proteger, con sumo cuidado, a su marido y no le permitía salir solo.

sce-ameny-princepAhora bien, sucedió, que el mismo día que el joven príncipe salió de Egipto para conocer mundo, el cocodrilo, su destino, le siguió para presentarse ante él en la ciudad en que residía el joven junto a su esposa, en medio del río. Pero he aquí que un espíritu divino que estaba en el agua no permitía que el cocodrilo saliera. Pero, a su vez, el cocodrilo no permitía salir al espíritu divino para moverse fuera. Y cuando el sol se alzaba sobre el horizonte ambos luchaban, así cada día, durante un periodo de tres meses.

Pasaron muchos días. El príncipe estaba sentado pasando un día feliz en su casa. Después, cuando la brisa de la tarde desapareció, el joven príncipe se durmió en su lecho y el sueño se apoderó de su cuerpo. Su esposa llenó una escudilla de vino y otra de cerveza. Entonces una serpiente salió de su escondrijo para morder al príncipe…

“Y Ameny realizó una nueva pausa para mantener el suspense entre su público, totalmente entregado.

“…pero su mujer, que estaba tendida a su lado, no dormía. Las escudillas atrajeron a la serpiente. Ésta bebió y se emborrachó quedando dormida, tumbada sobre su lomo. Su mujer entonces la despedazó con su hacha. Luego, cuando despertó su marido, le dijo:
– Mira, tu dios ha puesto uno de tus destinos en tu mano, él velará por ti en el futuro.
El príncipe hizo ofrendas a Re, adorándole y ensalzando su poder cada día.”

Un suspiro de alivio corta el silencio del público. El relato continúa.

“Después de muchos días el príncipe salió a pasear y solazarse por su dominio. Su mujer no le acompañó, pero sí su perro. Y sucedió que su perro tomó la palabra para decir:
– Soy tu destino.
Al oir esto, el príncipe se puso a correr delante de él, llegó al río y se sumergió en el agua huyendo del perro. Pero el cocodrilo que estaba en el agua, le cogió y le arrastró en dirección al lugar donde habitaba el Espíritu Divino, que en ese momento se hallaba ausente. Y el cocodrilo dijo al príncipe:
– Soy tu destino que te ha perseguido. Hasta el día de hoy llevo tres meses combatiendo con el Espíritu Divino. Pero mira, yo estoy dispuesto a devolverte la libertad. Si mi enemigo se acerca a combatir y luchas por mí matando al Espíritu Divino de las aguas…”

En esos momentos una gran algarabía interrumpió el relato. Ameny se quedó mudo. Unos mensajeros llegaron pregonando malas nuevas: Los “Pueblos del Mar” habían invadido el Delta. La batalla era feroz y el futuro incierto. La terrible realidad sumió de congoja los corazones de los presentes. La agradable velada había terminado[4].

Notas

[1] Este cuento también recibe el nombre de El Príncipe Embrujado, y el manuscrito lo conocemos a través del papiro Harris 500, conservado en el Museo Británico. Su datación se sitúa en la Dinastía XIX. La traducción se ha realizado a partir de la edición de A. Gardiner en Late Egyptian Stories, Bibliotheca Aegyptiaca I, Bruselas, 1932.
[2] La diosa Hathor, bajo la forma de siete diosas, conocía el destino y podía predecir el futuro de cada egipcio. Su papel era análogo al que hoy otorgamos a las hadas, buenas o malas, de nuestros cuentos.
[3] Najarina o Najarín, el país de los dos ríos, situado entre el alto Eúfrates y el Orontes.
[4] Desgraciadamente no conocemos el final del relato, el papiro ha llegado incompleto y, por tanto, desconocemos si el desenlace es feliz o trágico. Algunos autores que han traducido y estudiado el cuento, como Maspero u Honti, se inclinan por un final trágico. Pero otros, como Ebers, Pieper o Lefebvre, consideran que el final sería feliz, gracias a una magia que contrarrestaría los designios de las siete Hathores. En cualquier caso, todo son hipótesis.

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